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viernes, 4 de marzo de 2011

La rutina y demás cosas…

El humo del cigarrillo le raspó la garganta. Lo sintió picante y áspero, pero era la última calada. Miró el televisor y por enésima vez en el día vio la misma publicidad absurda y aburrida. Lo apagó. Al cigarrillo y a la TV. Prendió la radio. Sonaba una canción que escuchaba en su adolescencia y que ya había olvidado la letra. Se quedó escuchando y pensando en esa época. Ella no estaba en su vida por ese entonces, así como ya no lo estaba en el presente. Recordó a viejos amigos que dejó de ver por “cosas de la vida”. Prefirió no recordar más y apagó la radio antes de que la canción llegara a su fin (¿al fin de quién? ¿De él?) Intentó retomar el libro de Nietzsche que lo apasionaba, pero le costaba terminarlo. Todos los finales se le hacían melancólicos e imposibles. Lo aterraban los finales. Pero sin ella era aún mucho más difícil. Sin ella, la realidad lo golpeaba de lleno en la cara.

-“Qué difícil la soledad con tanta realidad alrededor”- pensó o dijo en voz alta, en esa casa solitaria. Se fue a dormir. Sólo en sus sueños lograba sobrellevar la soledad. Y quiso no volver a despertar jamás.

Al otro día despertó. La soledad lo despabiló con un golpe certero en el rostro. Ella aún no reaparecía en su vida… Decidió esperarla, como siempre lo hizo. Sabía que ella desaparecía por semanas o meses… pero cuando volvía le traía nuevas inspiraciones, nuevos viajes, risas y momentos inolvidables que compensaban todos los días que sobrellevó la soledad, con tanta realidad alrededor. Ella volvería porque él se encargaría de que así ocurriese.

Prendió un cigarrillo. Tenía el estómago vacío. El humo le produjo arcadas pero no vomitó. Hubiese preferido haberlo hecho, hubiese preferido vomitar hasta sus tripas sólo para sentirse vivo. Volvió a repetir cada movimiento del día anterior y eso era lo que más lo entristecía: la rutina.

Pero la rutina y la soledad se instalaban en su casa, en su vida, cada vez que ella lo dejaba. Aún se pregunta cómo no se pudo acostumbrar a ellas también.

4 de marzo de 2011

viernes, 25 de febrero de 2011

Tarea

Nombre: Pablito Tomás, Garrido, 4to C.

Tarea: contar en dos carillas el mejor verano de nuestra vida. Cuidar la ortografía y la coherencia del texto.


Mi mejor verano

Mi verano más mejor fue el de este año que fuimos a Chile, a la casa de mis abuelos, con mi mamá. Mi abuelito es tan viejito, pero tan viejito que de la alegría de vernos se murió en la vereda. Yo veía que pataleaba y me largué a reír, pensé que se estaba haciendo el chistoso, hasta que me asusté cuando vi a mi tío Cholo y a mi primo, Panza, que lo trataban de levantar y le decían que no se muriera: “No te me mueras, viejito”- le decía mi tío, y ahí ya no me reí más. Mi abuelito se murió de enserio y mi mamá lloraba, y mi abuelita también, entonces yo lloré también, aunque mi abuelito era malo conmigo porque a veces, cuando yo me portaba mal, él me pellizcaba a escondidas de mi mamá, y yo lloraba y le acusaba a mi mamá, y el decía: “Mira cómo se ha puesto de mentiroso y mañoso ese crío”. Y mi mamá se enojaba y me pegaba por mentiroso. Pero yo no mentía porque de verdad me pellizcaba mi abuelito, y bien fuerte que lo hacía. Así que ese año no me pellizcó nadie y por eso también es mi mejor verano. Y el velorio fue muy bonito también. Mi abuelito estaba más lindo que nunca, entre millones de flores, y olía más rico que antes, así que lo vi bien arregladito y limpito y hasta parecía contento.

Otra cosa divertida que pasó ese verano, fue que mi tía Gloria le dijo a mi primo, Gerardo, que no servía ni para mirar quién viene: “Erís más weón, no servís ni pa mirar quién viene”- así le dijo mi tía. Así que yo salí corriendo a ver quién venía, y resulta que venía mi tío Osvaldo. Entonces agarré y fui corriendo a decirles a todos. La tía estaba poniendo los platos para comer una cazuela y cuando le dije que venía el tío Osvaldo, parece que mi tía se enojó porque dijo: “¡Chucha! ¿¡Justo ahora tenía que venir!? Seguro viene curao” Y nos mandó a todos a escondernos debajo de la mesa y detrás de los sillones mientras ella apagaba la luz. Parecía como si toda la familia estuviera jugando a las escondidas. ¡Si hasta mi tío Chicho, con lo viejito que es, andaba revolcado por el suelo! Nos dieron la orden de no hacer ruido pero, cuando mi tío golpeó la puerta, yo no pude contenerme y largué la carcajada. El tío comenzó a los gritos en la puerta, mientras la pateaba: “Abran, conchisumadre, ¿qué se creen que soy weón, que no sé que se están escondiendo?” Y mi primo Gerardo también se largó a reír, y ya prendieron las luces y lo dejaron entrar. Mi mamá me agarró de los pelos y me tiró de las orejas, pero a mi primo igual le pegaron y nos mandaron a dormir sin comer. Total a mí la cazuela no me gusta ni un poquito. Pero fue divertido jugar a las escondidas, aunque sea un ratito, en familia. Al otro día cuando me levanté, mi tío Osvaldo dormía sentado en una silla y un poco recostado sobre la mesa. Olía a vino.

Un día, en casa de mi tío Garrido también me pegaron por mentir, pero yo no sabía que estaba mintiendo. Resulta que mi tío tiene una casa grande, con muchas habitaciones y cuando me levantaba a la noche para ir al baño, a veces me perdía. Una noche me pasó que, cuando volvía del baño, entré en una habitación y vi que mi primo Marcelo y el tío Noel estaban haciendo bebés. Al otro día, a la hora del almuerzo, cuando todos estaban callados, a mí se me ocurrió contarlo: “Ayer el tío Noel le hacía un bebe a Marcelo”- dije, mientras tomaba un poco de jugo. Mi mamá se atragantó con la pata de pollo que comía. Mi primo Marcelo se largó a llorar, y eso que es más grandote que no sé qué, si ya tiene como veinte, para arriba. Y el tío Noel se escapó por una ventana porque mi tío Garrido había sacado su escopeta. Cuando mi mamá se recuperó de la atorada, me sacó de una oreja para afuera y me pegó en la boca, por mentiroso, me dijo. Yo lloraba y le decía que no era una mentira, que yo los había visto haciendo bebés, y ella me explicó que dos hombres no pueden hacer bebés. Y es verdad porque sino después se tienen que casar y allá, en Chile todavía no se pueden casar. Acá sí, porque yo lo vi en la tele, así que ahora sí pueden hacer bebés. Así que este verano también aprendí eso sobre los bebés y eso también es bueno.

En todo el verano no fuimos a la playa porque llovía todo el día, así que me la pasaba encerrado en las casas de mis tíos porque a lo de la abuela casi ni íbamos. Mi mamá le decía a mi tía Gloría que ya no quería ir a lo de la vieja pesada esa, porque se pasaba el día llorando o hablando pestes de la familia, y cuando se acordaba del abuelo se hacía la que se estaba por desmayar y todo. Yo escuché esto mientras jugaba a las bolitas con mi primo. Me levanté y me acerqué a la cocina, donde mi tía y mi mamá tomaban mates con galletitas y dije: “Y además ahora se tira pedos todo el día y a mi mamá y a mi nos da asco, ¿viste, mamita?”, y estaba por sacar una galletita cuando mi mamá me agarró de los pelos y me sacó para afuera. Me pegó en la boca y me enseñó que no me tengo que meter en las conversaciones de los grandes. Así que, también aprendí eso en el verano.

Cuando volvíamos, mi mamá me dijo que nunca más me llevaba de vacaciones a ninguna parte. Pero yo sé que es mentira porque ella no tiene con quién dejarme acá solo, y cuando yo estaba jugando a la mancha con uno de mis primos, ella arregló con mi tía Pocha para las vacaciones de invierno. Lo que me parece raro es que mi mamá a mi tía Pocha no la quiere porque dice que es una gorda agrandada y calentona. Aunque yo nunca la vi enojada con mi tía Pocha, al contrario, siempre se saludaron bien. Para mí que mi mamá le tiene bronca porque, un día cuando la tía vino de vacaciones a mi casa, la encontramos haciendo la siesta con mi papá. Mi mamá empezó a los grito y me mandó a fuera a jugar. Cuando volví, mi tía ya no estaba y mi mamá seguía llorando. Mi papá miraba televisión y tomaba su vino. Esa noche no comimos, y eso que mi mamá había pasado a comprar un pollo en lo del Pulga. Para mí que mi mamá no la quiere a la tía Pocha por eso nomás. Pero no le quise preguntar nada porque estábamos en el colectivo de regreso, y capaz que se enojaba y hasta me pegaba. No quería arruinar mi verano más mejor de todos.

10 y 16 de febrero de 2011

viernes, 18 de febrero de 2011

La muerta

Ya estoy muerta. Pero si me hubiesen dejado escoger cómo morir, yo hubiese decidido morir de otra forma.

Primero y principal, no me hubiese puesto la ropa que llevaba ese día, porque la bala hizo que se manchara la blusa floreada que me prestó mi madre para el egreso de mi hijo. Quedó horrible, con un poco de mis sesos en la parte del hombro, y sangre en toda la espalda. Pobre mamá, se habrá querido morir cuando vio su blusa. Porque el pantalón de vestir era mío y, si bien me encantaba porque me hacía las piernas flacas, no me molestó que también se haya manchado. Además, como era negro no se notaba tanto. Pero la blusa… ¡qué vergüenza, Dios mío!

Segundo, no me gustaba para nada como me habían dejado el pelo en la peluquería. Le pedí a Marian que me lo tiñera de un rubio castaño y me dejó cualquier cosa. Encima el peinado que me hizo no me sentaba para nada. Un espanto total. Una ya no puede morir con dignidad. Estaba furiosa por mi pelo. Mi madre decía que se puede saber como es una persona con sólo mirarle el pelo. ¡Qué habrán pensado las mujeres que me encontraron tirada en la vereda! Bueno, ellas tenían el pelo peor que yo… Y eso que yo ya estaba muerta y me faltaba parte de mi cabellera, así que ¡imagine lo que eran esas pobres mujeres! Pero igual, todas las miradas se centraban en mí, si hasta me sentía una estrella de cine, una mujer importante… y estaba impresentable. ¡La suerte se ríe de mí hasta cuando estoy muerta!

Los zapatos estaban bien, salvo porque uno quedó en el auto de mis raptores. Unos zapatos de tacos altos, divinos. Negros, con un prendedor brillante y plateado en un costado. Los compré en Once, cuando fui a la capital. Estaban de ofertas.
Fernanda jamás se enteró de esto y siempre me los envidió. Ella siempre me envidió todo y la muy sinvergüenza decía que era mi amiga. En mi velorio me pareció que hasta sonreía y todo. Seguro estaba contenta con lo que me pasó. Así que, solo me quedó un zapato puesto, y encima se le quebró el taco cuando me empujaron del auto.

Lo que más me indignó de haber muerto así como morí, fue que en el forcejeo con los matones se me partieron varias uñas, y cuando caí una se salió y quedó colgando de la raíz en mi dedo. ¡Un asco total! Como si mantener cuidadas las uñas fuese tarea fácil. Las que lo hacemos sabemos que una tiene que hacer un esfuerzo, un esfuerzo muy grande en cada acción, porque tiene que pensar en lo que hace, pero a la vez debe pensar en no quebrarse las uñas. Y viene cualquier degenerado y te arruina un trabajo de meses… ¡No hay derecho!

Yo hubiese preferido morir de otra forma. Me hubiesen matado dos días antes y me encontraban con el pelo un poco mejor. Porque antes lo tenía divino. Y me hubiese gustado llevar mis sandalias bajitas porque estos tacos, si bien son geniales, cansan mucho los pies. Y la blusa, que es lo que más lamento. Vi un poco de reproches en la mirada de mamá cuando se acercó al cajón. Para mi quedo resentida por la blusa. Yo hubiese preferido llevar la camisita negra que me regaló mi hijo para el día de la madre. Me levantaba el busto, y si me la ponía con el pantalón de vestir que llevaba puesto, parecía más joven que nunca.

Me hubiese gustado morir en otro momento, también. Porque la verdad es que me quedaron varias cosas pendiente. En un mes terminaba el curso de peluquería con Marian. Mi hijo nos iba a presentar a la novia. Yo muy contenta no estaba porque me enteré por ahí que es bastante morochita y no se de que qué provincia es… Sólo espero que mi nene esté bien. También quedó pendiente mi cita con el cirujano. Tenía pensado ponerme un poco de busto, pero era un secreto… una sorpresa para mi marido… pero bueno, no se dio.

Así que mi final fue bastante decepcionante para mí. Esperaba otra cosa para mi muerte…. Ni el velorio me pareció que fuera el adecuado…. Es que cuando una se muere, ¡hacen lo que quieren de una!... Pero de algo estoy segura: yo merecía una muerte más digna… porque fui una gran mujer, y eso nadie lo va a poder negar… Ni siquiera Fernanda, que se llevó la cadenita que me había regalado para el día del amigo… ¡Maldita ladrona!

18 de febrero de 2011

viernes, 11 de febrero de 2011

Tres golpes en la madrugada

Nunca más volvimos a hablar de lo que le ocurrió a Fabián Suarez, pero estoy seguro de que el día que nos enteramos de su muerte, todos supimos el por qué de lo ocurrido antes de que el oficial nos lo comunicara.

Fue en septiembre del 2006 que lo empezamos a notar raro. Fabián siempre fue un tipo más bien retraído. Cuando hacíamos bromas con doble sentido, muchas veces lo veía ruborizándose aunque siempre sonreía demostrando que sabía a qué nos referíamos. Pero esa semana estuvo más callado que de costumbre, y no sonrió en toda la mañana. A los dos días de verle comportarse de la misma manera, me acerqué a preguntarle si le pasaba algo. Nunca fuimos íntimos amigos, pero la verdad es que yo lo apreciaba porque siempre fue buen compañero y mostraba humildad. Era de esos tipos que te caían bien antes de que hablara.

Se sorprendió ante mi preocupación y me dijo que no le pasaba nada, aunque era evidente que mentía. Decidí no insistir. Salíamos de la empresa al mediodía y los que éramos solteros nos quedábamos en la cantina a comer y tomar unas cervezas. A veces jugábamos al truco o simplemente hablábamos de la vida, hasta que teníamos que hacer el segundo turno. Ese mismo día, Fabián se me acercó, me invitó un cigarrillo y me contó lo que le estaba pasando.

Me contó que hacía dos días, cuando salió del trabajo y se dirigía a su casa, se había detenido a comprar cigarrillos y se cruzó con una mujer gitana. Él estaba distraído y ella le agarró la mano y lo apretó fuerte. Esta mujer se ofreció a leerle el futuro a cambio del billete de diez pesos que él tenía en la mano. Asustado, trató de zafarse, pero la mujer no lo soltaba. Se puso nervioso al no saber cómo actuar en aquella situación y sólo atinó a decirle que se quedara con el billete, que no le interesaba saber de su futuro y que lo soltara. Ella tomó el billete, lo miró a los ojos y le dijo que en la semana iba a tener una visita de alguien que lo estaba buscando hacía mucho tiempo. La gitana se alejó apresurada, como tratando de huir de él.

Fabián no era supersticioso. Sonrió y siguió su camino. Vivía solo en una casita, en la entrada del pueblo. En esa zona todavía había poca luz y las calles no estaban asfaltadas. Sólo habían tres casas al rededor, y las tres estaban muy separadas unas de otras, al punto que Fabián no conocía las caras de sus vecino. Cuando llegó a su casa cenó solo, como de costumbre, puso un poco de música de la radio y leyó un poco hasta que decidió irse a la cama. En el baño notó una pequeña mancha en el espejo pero no le dio importancia. Se fue a dormir.

Esa noche soñó con que lo perseguía un hombre con un sobretodo negro. Él no alcanzaba a verle el rostro a su perseguidor, pero sabía que era muy alto y de cabellos rubios. Cuando despertó se sintió aliviado. No entendía por qué ese hombre le causaba tanto miedo. Decidió restarle importancia y se dirigió al baño. Mientras se cepillaba los dientes notó que la mancha en el espejo había crecido. Al principio creyó que podía ser una mancha en los azulejos pero no era así. Fue ahí que se detuvo a mirar e intentó limpiarla pero comprobó que la mancha no estaba sobre el vidrio, sino dentro de él. Sin querer rozó con su dedo la mancha y notó que se contraía, como tratando de evitar el contacto. Le pareció raro pero se le hacía tarde para el trabajo.

Al día siguiente volvió a soñar con el mismo hombre que lo perseguía pero esta vez sintió su respiración más cerca. Se levantó transpirado y agitado. Fue al baño y la mancha estaba mucho más grande. Le pareció que iba tomando la forma de la sombra de un hombre sentado con un sombrero puesto. Parecía estar sentado detrás de él, pero a lo lejos. Decidió irse a trabajar, aunque esta vez sí le preocupaba lo que estaba ocurriendo. Comenzó a hacerse preguntas pero no llegaba a ninguna respuesta.

En toda la semana los sueños fueron constantes, pero en cada uno de ellos el hombre se hacía más visible y parecía estar en su espalda todo el tiempo. Él sentía que el hombre sonreía y que la mancha del espejo cada día crecía un poco más. La mañana del día en que Fabián me contó esto, me dijo que ya no tenía dudas de que la mancha era la sombra de un hombre sentado, esperando impaciente, y que de cierta forma sabía que también estaba sonriendo, por más que no podía verle el rostro.

Me pidió que tuviera discreción con el tema. Dijo que él no creía que fuera nada grave, solo que no estaba durmiendo bien y que ese era el motivo por el que cambió su comportamiento, y volvió a agradecerme por mostrarme preocupado. La gente se sorprende de la gentilidad de los demás para con uno mismo y después lo cuentan a los amigos como algo atípico del día, porque no estamos acostumbrados a la amabilidad de las personas. Fabián no tenía amigos y a la única persona que le contó todo esto fue a mí. Hubiese preferido no haberlo sabido nunca.

Los muchachos me hicieron preguntas sobre la charla. Al principio traté de no decir nada, pero terminé contándoles todo. Eran mis amigos y sabía que iban a tener más discreción que yo. Nos reímos e hicimos comentarios graciosos del tema, pero después la charla se puso seria y todos nos mostramos un poco preocupados. Algunos hablaron de brujería, otros de locura. Yo no sabía que pensar. Pero noté que siempre se recurre al mismo tono de voz cuando se hablan de temas que desconocemos sus porqués y no nos parecen racionales.

Una mañana Fabián llegó agitado. Estaba muy pálido y ojeroso. Le pregunté qué le había ocurrido y me dijo que a la madrugada, a eso de las dos, le golpearon la puerta. Fueron tres golpes secos que lo despertaron. En ese mismo momento él soñaba y veía cómo el hombre que lo perseguía, se paraba frente a su puerta. Tres golpes. Se levantó y espió por la ventana. A fuera de su puerta estaba un hombre rubio, de casi dos metros de altura, llevaba un sobretodo negro y, Fabián me aseguró que tenía los ojos rojos.

Sentía su respiración detrás de la puerta, oía sus pasos impacientes ante la espera de ser atendido. No se atrevía a hablar por eso se asustó de su propia voz cuando preguntó: “¿Quién es?” La voz le dijo: “Fabián, vengo a buscarte” Lo que le sorprendió fue la convicción del hombre, la naturalidad cuando dijo “vengo a buscarte”, como si esa situación se tenía que dar así, debía ocurrir. Fabián no volvió a hablar y se quedó sentado, vestido solo con unos calzoncillos negros, esperando que el amanecer lo sorprendiera para poder huir al trabajo. Durante todo ese tiempo, el hombre repetía cada una hora: “Fabián, vengo a buscarte”.

Cuando amaneció, Fabián se dirigió al trabajo sin haber pasado por el baño, y esto se reflejaba a simple vista. Desde hacía dos días que no entraba en su baño porque la sombra estaba sentada, esperándolo, decía él. Antes de salir de la casa, espió por una de las ventanas y vio que no había nadie. Cuando abrió la puerta, un olor a azufre invadió la casa y el pasto que había en la entrada estaba quemado. Fabián corrió hasta llegar a la empresa.

Esa noche, Fabián se quedó a dormir en mi casa. Tenía miedo de volver solo y que el hombre lo estuviera esperando en la puerta. Fue el sábado 9 de septiembre de 2006 que lo vi por última vez. Ese día se fue de casa temprano. Se mostraba descansado, de buen humor y conversador. Me aseguró que estaba bien y que no temía volver porque sabía que todo había sido producto de su imaginación. Se mostraba convencido de esto. Yo no entendía el cambio que había tomado de una noche para otra respecto al tema. Me contó que había soñado y que entendió que lo único que debía hacer era abrirle la puerta a aquel hombre, para comprobar que todo eso era parte de un sueño. Estaba convencido que la noche que se amaneció se debía a que era sonámbulo. Yo no supe qué más decir. Era una decisión personal y, la verdad es que a mi igual me costaba creer en todo eso, aunque en el fondo temía un poco por él.

Esa semana, Fabián no fue a trabajar. Le comenté a los compañeros que deberíamos ir a verlo a su casa, pero por una cosa o por otra no nos pusimos de acuerdo nunca. Aunque ahora creo que todos temíamos lo que pudiéramos encontrar allí. Fabián era prácticamente un desconocido para todos nosotros. Nunca formó amistad con nadie y era muy reservado cuando hablaba de él. Ni siquiera sabíamos si tenía teléfono porque nadie tenía su número. Di aviso a la policía para que fueran a verlo.

Fue un jueves cuando llegó la policía a comunicarnos que Fabián se había suicidado. Como ya dije, ninguno se mostró sorprendido. Nos citaron para un interrogatorio y yo conté todo esto. Ahí me enteré cómo fue el suicidio: Fabián golpeó su cabeza contra el vidrio del espejo hasta quedar sin vida. El oficial me contó que cuando lo encontraron, la casa olía a azufre y Fabián yacía tirado en el suelo del baño, rodeado de vidrios de lo que había sido el espejo, que cayó de tantos golpes y en su lugar quedó la pared manchada con sangre y rastros de la piel de la frente de Fabián. Murió desangrado.

Esta historia tuve que narrarla varias veces en los distintos interrogatorios a los que fui citado por ser el último que vio con vida a la víctima. Al final se determinó que había sido un suicidio. No había rastros de que una segunda persona hubiese estado en la casa. Y lo cierto es que la policía no quería investigar porque temían volver a la casa. Algo los inquietaba. Nunca más hablé del tema con nadie y en el trabajo nadie hizo comentarios al respecto. Todos queríamos y necesitábamos olvidarnos de Fabián.

Hace cuatro años de todo esto. Hoy vuelvo a contarlo. Ayer a las dos de la madrugada me despertaron los golpes en la puerta. Tres golpes secos que me sacaron del sueño. Un hombre rubio con un sobretodo negro, forzaba mi puerta. El espejo del baño muestra una mancha negra. Hace dos días que no duermo. Hace dos días que golpean mi puerta. No sé si abrirle.


10 y 11 de febrero de 2011

viernes, 4 de febrero de 2011

Secretos

El viento golpeó su rostro y lo devolvió a la realidad. Y rió a carcajadas. Antes se encontraba en otro mundo. En su mundo.

Su cuerpo estaba acá, en una casa deshabitada en la que encontró refugio de la lluvia torrencial que lo sorprendió a medio camino de vuelta a su casa. Pero su mente lo había transportado (una vez más) al mundo que tanto lo atemorizaba. Un bosque oscuro donde habitaban árboles que lo observaban, que lo rodeaban.

Creía que aquellos ojos tenían la capacidad de mirar más allá de lo que él se atrevía a mirarse. Porque él también se ocultaba cosas, tenía secretos que ni a él mismo se contaba. Porque él mismo se temía.

Temblaba. Acá y allá temblaba. Acá de frío, allá de miedo.

Los árboles susurraban, reían… lo observaban. Se contaban los secretos que él no quería oír. Todas aquellas cosas que había pensado y hecho durante su vida pasada y que había logrado olvidarlas, se le hacían presentes en los susurros de los árboles.: muerte, sexo, asesinato, sangre, suicidio, odio, amor, llantos, humillación, mentiras, verdades… Su vida.

Su pasado, todo aquello que él creía haber logrado olvidar, porque la vida le había dado otra oportunidad, porque había sobrevivido y porque nadie nunca sospechó nada; todo aquello estaba allá, y cada escena vivida se le hacía palpable, sentía volverlo a repetir y le dolía más que le vez que realmente lo vivió.

Y el miedo se apoderaba automáticamente de su cuerpo, temblaba, lloraba y terminaba siempre en una pose fetal. Sabía que ese mundo habitaba en su mente, pero no podía evitar caer una y otra vez y revivir sus culpas, rodeado de aquellos árboles, que efectivamente tenían ojos en sus troncos y en sus ramas. Y efectivamente, parecían reírse y susurrar aquellos secretos que viajaban por el aire y así se enteraban los demás árboles del bosque. Y todos juntos reían, se reían de él.

Y él se sentía desnudo ante esas miradas, se sentía vulnerable, frágil ante tanta verdad, ante tanto daño, tanta sangre y tantas lágrimas… Y siempre terminaba riendo a carcajadas, y no paraba hasta volver al mundo real, donde lo despabiló el viento que golpeó su rostro y se vio en una casa abandonada.

A fuera llovía pero no mucho menos que en sus ojos.



27 de enero, 4 de febrero de 2011

viernes, 28 de enero de 2011

Cuestión de tamaño

Cuando los padres dormían la siesta, a eso de las dos de la tarde, Cristian y su primo Sergio cada tanto tenían la misma discusión. Se encerraban en la pieza que compartían ya que los dos matrimonios dormían juntos, y hablaban bajito del tema porque no debían hacer ruido.

-Mirá, la mía es más grande- empezaba diciendo Cristian.

-Pero no por mucho- se consolaba Sergio

-Para mí sí, mirá es mucho más grande que la tuya. Y más gruesa.

-Es más grande porque la mía está doblada.

-Nada que ver. Es más grande porque es más grande y punto.

-Qué me importa... A mí me gusta la mía.

-Trae el centímetro de tu mamá así las medimos.

-¿Para qué? Dejá de joder.

-Así sabemos cuánto mide cada una.

-No. Dejá de hinchar. Te dije que no me interesa.

-Ah, porque sabés que la mía es más grande.

-¿Y eso qué tiene que ver? La mía igual sirve.

-Sí, pero no como la mía. Seguro es más rica, también.


Sergio levantaba los hombros enojado, fastidiado porque su primo siempre ganaba. Pero él no tenía la culpa. Las cosas se daban así.

-Dale, trae el centímetro- insistía Cristian.

-No, mi mamá se va a despertar y nos va a retar.

-Bueno está bien... ¿Querés probarla?

-No.

-¿No querés probarla? ¿Ni un poquito?

-No. Además en la punta parece podrida.

-Es así. Cuando es grande se pone así.

Se quedan en silencio un rato. Sergio siente bronca e impotencia. Suspira y vuelve a hablar., pero ahora su voz tiene tono de ofendido:

-Vos me ganas porque sos más grande que yo.

-Por dos años nomás. Y además, ¿eso qué tiene que ver?

-No sé... Pero seguro que es por eso- dice Sergio, y pareciera que va a largar el llanto.

-Hey, no te pongas así. Si sabés que no tiene importancia. Yo lo hago para joderte nomás.

-Sí, ya sé. Pero siempre lo mismo con vos.

-Dale, no te enojés... ¿Querés probar la mía?

-Bueno, dale. Pero la punta no- dice Sergio, ya más animado.

-Bueno, está bien- contesta Cristian, y los dos sonríen primero y ríen, después.

Cristian sabía que siempre iba a ganarle a su primo porque él siempre se acordaba primero en escoger la fruta. Y cuando Sergio elegía una banana más grande que la de él, entonces Cristian elegía otro fruta... Una manzana o una naranja, tal vez...


27 de enero de 2011

viernes, 21 de enero de 2011

La culpa es suya (policía y ladrón)

Melón melón tu serás un buen la-drón

Sandía sandía tu serás un buen po-li-cí-a

Melón melón…

Cuando terminamos de repartirnos entre ladrón y policías, éramos cinco policías contra cuatro ladrones. Odiaba ese juego porque siempre terminaba siendo policía y yo quería ser ladrón. Los policías éramos: Gabriela, Paola, Fabián, Raúl y yo. Del otro bando estaban: Daniel, Natalia, Romina y Ricardo, el maldito Ricardo. Culpa suya se arruinó todo.

El juego, al principio era divertido: todos corriendo, saltando y riéndonos. Pero después uno terminaba cansado porque era un juego de nunca acabar, por culpa del odioso Ricardo. Siempre era el último ladrón que quedaba y siempre siempre terminaba liberando a los que ya teníamos atrapados… Y ahí yo comenzaba a fastidiarme.

¿Yo qué sabía que Ricardo iba a terminar en el hospital? No fue mi culpa, como todos dicen. Yo sólo cumplía con mi deber de policía. Y qué me importa a mí que a partir de entonces nadie se quisiera juntar más conmigo.

Ricardo era el más rápido de todos y por eso me daba bronca este juego, porque si era policía los atrapaba a todos muy rápido, y si era ladrón nunca se lo podía atrapar y, después de una hora corriendo, se tenía que suspender el juego y jugar a algo distinto.

Otra cosa que me molestaba de Ricardo era que se burlaba de uno cuando lo estaban por alcanzar. Él a veces corría más despacio para que uno creyera que lo iba a atrapar, y después se le reía en la cara, haciéndole burla y disparaba con todo… si hasta casi ni se les veían las patas… Y odiaba esa risa: una mezcla de gritito casi afeminado y locura a la vez.

Además es un exagerado, si apenas lo rocé. Y siempre se hacía el lindo porque tenía la mejor bicicleta y se la prestaba a todos menos a mí, y eso que yo nunca le había hecho nada. Así que me alegro que haya terminado en el hospital y que le hicieran cinco puntos en la cabeza, y que haya sangrado y todo lo demás. Encima lloraba como una nenita, él, que siempre se hacía el macho porque todas andaban detrás suyo… y todas las chicas lo vieron llorando. A mí me daría vergüenza.

Todos decían que yo le tenía envidia a Ricardo. ¿¡Envidia de qué!? Sí, el siempre tuvo mejores zapatillas que yo, a él le compraron primero el Family Game y para cuando yo lo tuve, él ya tenía un Sega. También completaba los álbumes de figuritas primero que yo, jugaba mejor al fútbol y a las bolitas y le iba mejor en la escuela que a mí, pero por eso no le voy a tener envidia.

A mí me daba bronca porque nunca le hice nada y él siempre me dejaba de lado. Bueno, una vez le metí una patada fuerte jugando al fútbol, pero fue sin querer, y cuando le tiré un piedrazo yo no le quería pegar, él justo se movió para el lado que iba la piedra. Y si le pegué en su cumpleaños fue porque no me invitó. Había invitados a todos los chicos del barrio menos a mí, así que esperé que saliera de su casa y le pegué una piña en la cara, pero eso se lo tenía merecido.

Mi mamá me dijo que no le hiciera caso, que era un chico malcriado y que los padres hacían mal en darle todos los caprichitos y que cuando sea grande Ricardo se iba a dar cuenta que sus padres lo criaron mal. Y mi papá me dijo que estaba bien que le pegara así se hacía hombre porque sino iba a salir hecho un mariquita. Y es verdad porque cada vez que le pegaba, Ricardo lloraba como un mariquita.

Bueno, y capaz que sí le tenía un poquito de bronca a Ricardo, porque Natalia, que era mi novia, siempre hablaba de él: que “Ricardo tiene las mejores notas”, que “Ricardo parece que va a ser abanderado”, que “Ricardo me contó un chiste muy gracioso”… Y todo porque iban al mismo grado y yo no porque repetí de nuevo.

Un día me enojé con Natalia y le dije que se ponga de novia con Ricardo si tanto hablaba de él. Pero ella sabía que no podía porque él salía con Gabriela, la chica más linda de la escuela, que era la que a mí me gustaba pero él se quedó con ella y a mí no me quedó otra que ser el novio de Natalia. Igual, ella después de ese día no quiso ser más mi novia. Por lo que me importa, si ni siquiera quería darme un beso. Era más tonta esa también.

Pero fue culpa de Ricardo que todo se terminara, y para mí que un poco exageró porque, sí, tuvo que ir al hospital y le hicieron cinco puntos en la cabeza, pero tampoco era para tanto. Las chicas todas se largaron a llorar, y los chicos no hicieron nada, se quedaron mudos como estatuas… Son todos más boludos.

Todo porque estábamos jugando, y yo agarré un palo y se lo tiré. Me acuerdo que él se había reído porque yo estaba cerca y me dio mucha bronca (bicicleta, Family, Sega, figuritas, bolitas, Gabriela, todo… ¡¡pendejo maricón, te voy a cagar a palos…!!) y vi un palo de escoba que estaba tirado ahí, en el parque, y lo agarré y se lo tiré. Él iba de espaldas y cuando se dio vuelta para mirar si lo seguía, el palo le pegó en la frente y yo corrí hasta donde él estaba, y lo patee un poco, y le pegué dos o tres peñas en la cara, que tampoco es para tanto. Y él lloraba como una nena (¡¡pendejo de mierda, te odio, te voy a cagar a piñas…!!) Y ahí vi que las chicas gritaban, y vi que me había manchado las manos con sangre. Me dio un poquito de miedo y asco, pero no tanto.

-¿Qué? Si los policías les pegan a los ladrones- dije.

Y vi que Fabián salió corriendo a avisarle a la mamá de Ricardo, y ahí me fui corriendo a mi casa. Desde ahí escuché la sirena de la ambulancia y también de la policía. La mamá de Ricardo hizo la denuncia. En mi casa me retaron y me pegaron.Yo les decía que no había hecho nada, porque es la verdad, si estábamos jugando nomás. Mi mamá se enojó, pero a la noche mi papá se rió conmigo y me dijo: “que se cague el pendejo ese”.

Para mí que exageró y además él tuvo la culpa porque siempre se corría para el lado que iban las cosas que yo tiraba. Seguro lo hacía a propósito para hacerse la víctima después.

Ahora nadie me habla ni me saludan. Están jugando al ladrón y al policía en el parque. Que me importa a mí… Pero cuando lo agarre a Ricardo de nuevo lo voy a cagar a piñas en serio, y ahí si que va a llorar con razón. Ya va a ver ese mariquita.

17 y 20 de enero de 2011

viernes, 14 de enero de 2011

No voy a llorar…

… y además de qué sirve? Si es lo mismo conmigo o sin mi, me tiembla la mano, no voy a poder, sí voy a poder como dice la canción ¿de quién era? No me acuerdo, no me importa, ese cuadro me lo regaló él un día que llovía, llegó todo empapado, igual que el día que fui a su casa y la mamá hizo arroz con leche, caí sin avisarle pero no se enojó, aunque al principio lo noté incómodo porque nunca había ido a su casa, me mostró su pieza y tenía una foto de los dos juntos, llevaba la misma campera que tenía puesta cuando me llevó el cuadrito ese y ¿fue ese mismo día que le presté el disco de Queen? ¿quién le va a dar de comer a mi perro? Pero me tengo que apurar, esta vez sí, es en serio, lo presiento, lo sé, como sabía que le gustaban las mentitas que comíamos en la escuela, a la mañana para evitar el mal aliento, pero igual se mezclaba con el humo de los cigarrillos fumados a escondidas en los baños y todas las mañanas nos escribíamos papelitos porque las clases eran muy aburridas, y criticábamos a todos los compañeros y un día lo pasé a buscar con el auto y le regalé el disco de Alanis Morissette y lo sorprendí, porque a vos te quiero más que a nadie, le dije, pero no te enamores de mí, pero no puedo seguir así y perdón, pero si siempre sonreí fue porque temía mostrarme tal cual soy, y todas las tardes tomábamos mates y hablábamos de cosas sin sentidos, porque éramos adolescentes, pero una vez estuve a punto de contárselo todo pero no pude, porque era a quien más quería y tuve miedo de lo que llegara a pensar, miedo como cuando mamá me pegaba y no me dolían los golpes, me dolía su odio, y yo decidí cuando fue la última vez que me pegara, no le dije nada pero con mi mirada ella supo que esa era la última vez que me pegaba y yo no podía odiarla y te odio, vieja de mierda, te odio tanto como te necesito, como te necesité toda mi vida, pero fui más mujer que vos y eso te molestaba, te dolía y no voy a llorar, no quiero llorar y ya es tarde, ya lo decidí si total la vida sigue, y es verdad, las vidas siguen sin inmutarse por nada, es como un viaje, algún día volverá, mientras tanto se sigue, apresurado hacia un mismo fin, pero seguimos como si nada, y miles de libros hablando de amor, y miles de canciones hablando de amor, de amistad y ¿existe eso realmente? Si, él me amaba, él era mi amigo, pero él también ocultaba algo, yo lo sabía pero esperaba que él decidiera contármelo, y leyó el libro que le presté pero no entendió qué le quise decir, pero le gustó, y yo dando señales todo el tiempo, señales que nadie descifra, señales que nadie tiene por qué descifrar y no voy a llorar, no voy a llorar porque todo los demás ya no importa, la vergüenza, la humillación, el abuso, no voy a llorar, no voy a llorar, y esta mano de mierda que no deja de temblar, pesa bastante y no te enamoraste de mi, me hiciste caso y perdón, pero todo queda acá, aunque no se ni me importa, pero no voy a llorar, no voy a llor…

La bala entró y salió arrastrando todos estos pensamientos que quedaron chorreando en la pared, en un cuadro rojo. Los forenses sólo recogieron la bala. Estos pensamientos también murieron al ser lavados con un trapo. Nadie nunca supo el por qué del suicidio.

14 de enero de 2011

viernes, 7 de enero de 2011

La araña y él

A fuera el viento amenazaba con tirar la puerta abajo… La casa en ruinas: libros leídos y releídos. Libros sin leer. Mil canciones en la memoria, sin saber por qué. Películas vistas con diálogos aprendidos de tanto ver. Las sillas desordenadas, el piso sin barrer. El gato maullando en la ventana, pidiendo de comer. La planta moribunda, sobreviviendo en una taza, encima de la PC. Los muebles con polvillo: señal de abandono. La casa toda, invadida de olor a podrido, porque algo estaba podrido allí dentro. El televisor apagado, la radio apagada. Silencio. Diarios viejos, comprados y guardados sin leer. La heladera vacía como el estomago. Comida podrida ¿como quién? La ropa sucia acumulada en un rincón. La cama vacía: de sexo, de cuerpos, de orgasmos, de sueños… En un rincón, una araña tejía su red y en el suelo, desnudo, con los ojos secos de tanto llorar, se encontraba él. Ambos ignoraban la presencia del otro. Los dos solos, sin saber qué hacer: si seguir viviendo y tejiendo, o dejarlo para después. ¿Para después, cuándo? Agua, tierra, aire y fuego. Vida y muerte. Llantos y porqués. La casa era gigante para la pobre araña. La casa era gigante para el pobre ser. Mañana uno de los dos moriría. Ahora a uno de los dos la soledad lo invadía.
A fuera, la muerte amenazaba con tirar la puerta abajo… Solo uno vería el amanecer.




7 de Enero de 2011

viernes, 31 de diciembre de 2010

Sobre-nada

Él y su sobretodo negro salieron a la calle a comprar todos los sobres que hallaran (porque antes que nada pensaban despedirse de todos) pero sobre todo, salieron a respirar, a vivir… a que el viento los despeinara y la lluvia los empapara. Aunque también, salieron a recoger lo que a los demás les sobraba porque todo aquello él lo deseaba, lo necesitaba… lo amaba. Aunque más que a nada y por sobre todo, amaba su sobretodo negro porque le hacía sentirse único, le hacía sentir que flotaba, que estaba en el aire, que volaba… que caminaba sobre-nada.

20 de diciembre de 2010

viernes, 17 de diciembre de 2010

La mentira y la verdad (¿eso jamás lo sabremos?)

La mentira y la verdad. Lo cerca que estuviste de esa boca, ¿lo negará? Y el miedo a que todo se vuelva real… el miedo a lo que pudiera pasar, a que se volvieran real todos tus sueños… El beso ¿sería húmedo como tus sueños?... El miedo a sufrir, el miedo a ser feliz.

-No, no lo podría negar… Si lo sentí así, fue porque realmente ocurrió.

Y verle sonreír, verle pensar, hablar, mirar y callar. Siempre callaba. ¿Por qué le gustaba callar? ¿Le gustaba callar, realmente? ¿O la vida le obligó a callar, a ocultar? ¿O te hizo creer eso a vos? Porque algo ocultaba, ¿vos lo sabias?

-Sí, yo lo sabía… lo intuía.

Y la mano en la cintura ¿fue real? La erección ¿fue real? ¿O fue un sueño más? ¿La cercanía le asustó o le gustó? ¿Esperaba también ese momento?... ¿Le excitó?

-Eso jamás lo sabremos.

Pero ¿por qué no se alejó? ¿Por qué siguió a tu lado? Mirándote a los ojos, mirando tu boca ¿Sintió tu erección?... Si la sintió ¿le gustó?

-Eso jamás lo sabremos.

¿Y a qué habrían sabido sus besos? Su boca, sus labios, su saliva… ¿a qué habrían sabido en ese momento?

-A alcohol, a un vodka con speed, mezclado con cervezas y el humo de un cigarrillo compartido porque sí, porque quiero compartirlo con vos. Pero vos no fumás. Ya sé, pero quiero que compartamos algo. Y la sonrisa de nuevo, como a lo largo de toda la noche. Y la erección, nuevamente, como a lo largo de toda la noche.

Pero si no fumaba ¿por qué hacer eso? ¿Para calentarte? ¿Le gustaba calentarte?

-No sé.

Y las luces, la música, la gente… ¿No te importó?... Los amigos presentes ¿no te importaban? Y a lo mejor quería compartir ese cigarrillo con vos porque, de alguna forma, quería que sus labios se unieran en un beso, que las bocas se juntaran, se chocaran… explotaran ¿O eso lo pensás vos porque deseás que así fuera? ¿Y bailaron?

-Sí, bailamos… y no había luces, no había música, no había gente… para mi estábamos solos porque nada me importaba de alrededor.

Entonces, ¿estaban solos? No entiendo. Pero, ¿estaban ebrios? Porque eso también puede afectar tu relato, porque ¿hasta qué punto es verdad? Tus emociones, tus sentimientos ¿fueron reales o efectos de la borrachera? Y si bailaban entonces estaban transpirados, húmedos, ¿no? ¿Y olías su transpiración? ¿A qué olía? ¿Te gustaba? ¿O tampoco estabas tan cerca como para oler su transpiración?

-Sí, estábamos cerca, yo tenía mi mano en su cintura. Y sentía que mi mano tocaba su piel, pero en realidad tocaba su remera. Y las peleas, las discusiones sin sentido… Pero esa noche no, esa noche fue distinta… Y… ¿fue ahí que enloquecí? No, nunca enloquecí ¿O sí? ¿Eso nunca lo sabremos?

Pero ¿cómo hablaban con la música tan fuerte? ¿Te le acercabas a su oreja? Entonces se rozaban. ¿Te gustaba? ¿Como terminaron así, cómo llegaron a ese punto?

-Porque me contó todo, me lo dijo todo. Pero ahora no se qué pensar, no sé si realmente sucedió así, ¿o fue en ese momento que enloquecí?... ¿O no enloquecí realmente? No, yo nunca enloquecí. Pero contó todo, creo ¿o contó solo lo que quería que yo sepa y el resto lo guardó para otro momento? ¿Pero hubo otros momentos? No, no los hubo.

Pero cuando llovió y otra vez la ebriedad, ¿No fue otro momento? ¿O eso no cuenta? ¿Por qué te dijo eso, entonces? ¿Por qué te aclaró eso antes de que pudieras hablar? ¿O fue ahí que enloqueciste? ¿Cómo es su voz? ¿A qué suena? ¿Te gusta? Pero por teléfono no vale porque es distinto. Pero cuando te hablaba en la oreja ¿cómo era su voz? ¿Sentías su aliento? ¿Qué te decía?

-No recuerdo todo, solo hay fragmentos en mi mente… ¿Por la borrachera o la locura? ¿Ya estaba loco, entonces? No, no estaba loco, nunca estuve loco… Fragmentos de lo dicho, de lo vivido… Porque hay momentos vividos ¿no? ¿O fue esa vez nomás?

No se, eso lo tendrías que saber vos. Pero ¿y todas las charlas que me contaste? Entonces sí hubo otros momentos. ¿Y las peleas y los reproches de los que hablás siempre? Todo lo que te dijo cuando estaban solos ¿fue verdad? ¿Todo lo vivido fue verdad o mintió en algún momento?

-No sé. No sé si lo que dijo fue verdad o mentira… Y siento enloquecer pero no enloquezco, nunca enloquecí ¿O sí?... La mentira y la verdad siempre están presentes… Pero lo demás… Eso, jamás lo sabremos.

17 de diciembre de 2010

viernes, 3 de diciembre de 2010

La ladrona de musas (el cuento inconcluso)

No podía escribir. Y es que con ella se habían ido todas las musas enredadas en sus pelos. Y era el principio de los quinientos días sin ella, el principio del cansancio y de la muerte. La muerte no era tal pero era muerte igual.

Y es que quería y necesitaba la esponja mágica, la que borraba todo de las paredes (¡incluso la pintura!), la que alguna vez la borró a ella de su mente… Pero era tramposa la esponja, porque la borraba a ella pero no su esencia que perduraba en los recuerdos a los que siempre volvía.

Y ahí estaba ella, borrosa, con su pelo a medio borrar, con una cara distinta, con un cuerpo distinto, pero él sabía que era ella, la de todos los días, la de siempre. Y ahí estaba, una vez más, bailando con su gin-tonic en la mano, (gin-tonic porque lo nombraba el cantante en la canción), ebria, hermosa, dolorosa, cruel y contradictoria, pero por sobretodo, mujer. Y se acercaba y lo envenenaba con el trago y lo hipnotizaba con el baile y lo apuñalaba con las palabras. Y se iba, tambaleándose como si bailara (¿o bailaba?)

O aparecía en otro escenario completamente diferente, con una piedra en la mano y decime qué te imaginás cuando mirás la piedra, y algo de un chicle aplastado, respondía él, y ella iba más lejos, como siempre, y hablaba de extraterrestres y de otras vidas, y de casualidades y causalidades, y sus historias se plagaron de ellas, sus destinos se dieron de casualidades y causalidades. Y de interpretaciones erróneas de Girondo. Y de interpretaciones certeras de Girondo. Y de Girondo.

Cansancio. Cansancio de esperar, de soñarla, de no tenerla pero sabiendo que la podía tener. Cansancio de su cobardía. De la cobardía de ella. Y ahí estaba, con la foto del cantante en el salvapantallas, porque la vida era más compleja de lo que parecía, decía él. Y él ponía cara de conejo o de ratón, ya no lo sabía. Y ella sonreía y él pensaba que ella le mentía. Que se mentía. (Y él, ¿se mentía?) Él no se mentía. Aunque a veces sí, se mentía.

Y cada paso que daban crujía como crujen los pasos en la nieve, como si pisaran pequeños cristales, frágiles, como lo era ella que se mostraba dura y segura ante la vida, pero lo cierto es que era frágil como una niña insegura, como una niña perdida. Y los pasos también eran cansados porque el cansancio estaba en todas partes, porque quinientos días equivalen a un año, cuatro meses y quince días. Y el solo hecho de pensar en lo que aún le faltaba para cumplir los quinientos días sin ella, para que así volvieran las musas a él, lo cansaba. Pensar lo cansaba.

El cansancio invadía su vida (¿y la de ella, no?) Y ya no podía levantar siquiera la lapicera para escribir, para refugiarse en sus cuentos, en sus mundos imaginarios. Y es que en cada uno de ellos, ella volvía a aparecer, porque no había esponja mágica que la borrara, y ella lo tomaba de la mano y lo llevaba, lo envolvía y lo hacía perderse en un mandala esquizofrénico dibujado a lápiz, un mandala que fácilmente podría haber representado su mente esquizofrénica.

Y él buscaba la salida pero sólo se encontraba con puertas que lo conducían a distintos lados, a distintos mundos. Una lo llevaba a una casa abandonada, cerca del mar, en una noche de estrellas fugaces, como ella que aparecía y desaparecía fugazmente de su vida, de sus recuerdos… pero al final siempre estaba.

Otra puerta lo condujo al fondo del mar donde nadaba rodeado de monstruos marinos gigantes y temibles, y él trataba de huir, de salir a la orilla. Y en la mitad del océano, cuando pudo asomar la cabeza, observó en la orilla, a lo lejos, una casa abandonada y oscura, y desde a dentro lo observaba un hombre sonriendo. Y él le pedía ayuda a los gritos, se pedía ayuda pero no se escuchaba, porque de su garganta no salía ningún sonido. Y nadaba hasta el fondo del mar, donde hallaba otra puerta y salía del mar para pasar a otra habitación, pero no podía ver porque le habían vendado los ojos (¿ella le vendó los ojos?)

Y comenzaba a caminar tanteando, con las manos extendidas para no toparse con nada, para no caer. No intentaba quitarse la venda de los ojos porque de alguna forma sabía que era imposible quitarla. Sus manos se encontraban con algo áspero, con una piel sin vellos, una piel agrietada, pero le era imposible reconocer lo que tocaba. Esto no lo atemorizaba. Seguía palpando, luchando con su mente para descifrar el enigma, para lograr formar algo en su mente y poder decir qué es lo que tocaba. Era algo grande, gigante, (¿¡pero qué!?) Necesitaba las manos de ella para que lo ayudaran a reconocer aquello que estaba frente a él. Pero sus manos nunca se hacían presentes en este recuerdo, en este sueño.Y él se iba, resignado, triste, en busca de otra puerta, y el elefante que estaba tocando siempre lo miraba irse, sintiéndose como un enigma sin descifrar. Por fin daba con otra puerta que lo devolvía al centro del mandala que ya comenzaba a borrarse porque la esponja mágica también borraba mandalas.

Y ahí estaba de nuevo él, cansado de haber cruzado los mismos mundos que cruzaría durante el resto de los cuatrocientos noventa y nueve días restantes.

Y el cuento inconcluso, el que nunca se leería porque no encontraba fin y sin el fin, el cuento nunca sería cuento. Y las palabras pedían salir, pedían ser escritas, exigían unirse para formar versos, oraciones, párrafos completos. Las vocales y las consonantes habían logrado mantenerse unidas, pero las palabras que formaron se revolvían en la tinta de aquella lapicera sin que ésta lograra ser recogida por una mano. Y es que la mano también sufría de cansancio. Pero cuando él hacía un esfuerzo por liberar las palabras, por escribir y terminar el cuento, ella volvía a su mente y volvía a susurrarle al oído la locura de aquellas relaciones en las que nadie deja a nadie, sin saber si eran las mejores o las peores relaciones, pero aseguraba que el tiempo siempre estaba presente con todo lo que conllevara.

Pero el tiempo estaba a destiempo, aunque de cierta forma seguían conectados y él podía adivinar cuando a ella la invadía el cansancio, y ella le reprochaba que él tuviera poderes mágicos (¡como la esponja!), y que a ella le encantaba Girondo… Pero que también era su culpa, decía ella. Y él sabía que no, que la culpa siempre fue de él y ahora ella pretendía robársela, como le robó las musas. Y en esto se quedaban pensando, en las culpas y en el porqué de las acciones, pero jamás hablaban de la cobardía, del temor a perderlo todo si se entregaban como se debían entregar, como se entregaría cualquier ser humano que se creyera normal (en el mundo diario de anormales).

El temor a entregar más de la cuenta y no recibir lo mismo de la otra parte y, por lo mismo, salir herido. Jamás hablaban de esto porque esto también los atemorizaba. Y para evitarlo hablaban de cine y de literatura, de música y de arte, pero jamás de amor, porque ella no se dejaba querer y él no supo quererla como ella necesitaba, porque nadie le enseñó a amar, aprendió solo y lo que no supo lo inventó para tratar de hacerla feliz, para mantenerla a su lado. La amó como a él se le ocurrió que se amaba, pero no bastó para mantenerla a su lado.

Nunca sabría el porqué pero, con el tiempo lo dejaría de cuestionar, se resignaría y se consolaría con saber que así se habían dado las cosas y estaba bien. (¿O no lo estaba?)

Y así, distraído como estaba, fue que ella le robó las musas, las enredó en sus cabellos y se las llevó. Y así fue como comenzaron los quinientos días sin la ladrona de las musas. Y vino el cansancio porque la vida siempre fue y siempre sería más compleja de lo que parecía. Y ya no pudo escribir más. Las palabras agonizaron primero, y murieron después, ahogadas en tinta, cansadas de tanto gritar por salir, por recostarse sobre una hoja en blanco para terminar de una vez por todas, el cuento. Y la lapicera también murió de cansancio, de tanto esperar ser recogida por una mano que no estuviese cansada.

Y, finalmente, el cuento murió porque no tuvo fin para vivir.

2 y 3 de diciembre de 2010

viernes, 26 de noviembre de 2010

Mamushka

Carlitos comenzó a hacer imitaciones a los seis años. Un día la mamá lo descubrió frente al televisor imitando a Luisa Delfino en “Te escucho” por ATC. Usaba el control remoto como micrófono e impostaba la voz, tratando de igualar el tono y los gestos de Luisa. Escondida detrás de la puerta de la cocina, la madre lo espió un rato y, al principio se sonreía por la ocurrencia del hijo y se recordó así misma imitando a las actrices del cine. Pero luego, cuando Carlitos logró la voz y los gestos de la locutora en la tv, la madre se tuvo que tapar la boca para no soltar la carcajada que se le acumulaba en la garganta. Carlitos nunca supo de este suceso.

En los siguientes días Carlitos ensayó su imitación de Luisa, en su pieza cuando estaba solo, o en el baño, cuando se bañaba, hasta lograr la perfección de la frase: “Soy Luisa Delfino, te escucho” Ese día, después del último ensayo frente al espejo, Carlitos se preparó para ir a su primer día de clases de su vida. Había esperado ese día con muchas ansias, aunque no sabía bien porqué (como en toda su vida no sabría bien el porqué de tantas cosas) No le tocó con ninguno de sus compañeritos del jardín de infantes y se encontró con 19 caras desconocidas para él. Esperaba encontrarse a alguna de sus señoritas de jardín: Rosita, Margarita o Violeta, pero no, a todas las maestras les veía cara de brujas y sus seños que no aparecían por ningún lado.

Al final le tocó con la señorita Yenni, que igual era linda y parecía la más buena de todas las que vio. Lástima que no olía tan rico como la seño Margarita. El primer día la maestra ordenó como actividad, pasar al frente y presentarse. Los niños, tímidos, pasaban y decían sus nombres completos y se quedaban en silencio hasta que la señorita Yenni le preguntaba la edad, qué juegos les gustaban más, si tenía mascotas o no, con quiénes vivían… entre otras cosas. A Carlitos le parecieron todos tontos sus compañerito, menos Paolita, la nena de trenzas a los costados y de anteojos grandes. Pero todos los demás eran tontos y uno hasta quiso llorar de lo tonto que era, nomás.

Cuando le tocó pasar a Carlitos, él ya se había preparado para no quedar como un tonto más. Pasó al frente con pasos firmes, bien seguro, el guardapolvo dos talles más grande hacía que pareciera mucho más chico de lo que ya era, los pelos revueltos y los cachetes colorados, porque a pesar de todo estaba nervioso, pero trataba de disimularlo, aunque no le salía muy bien que digamos. Se paró derecho y dijo:

-Me llamo Carlitos Gonzalo Morales. Tengo seis años. Tengo un perro que se llama Terri. Vivo con mi mamá y mi papá. Me gusta jugar a la mancha y a las escondidas, pero más me gusta mirar la tele. Y cuando sea grande quiero ser imitador.

- ¿Imitador? ¿Y que te gusta imitar?- preguntó la seño Yenni, entre curiosidad y ternura, mezclado con una carcajada contenida.

- A los personajes de la televisión.

-¿Y sabés imitar a muchos?

- Sí, a un montón. Pero recién empecé por uno y después me voy a saber más.

-¿Y a quién sabés imitar? ¿A ver…?

Y ahí nomás Carlitos entró en trance, su cara se transformó en otra y su voz ya no era suya. Y dijo:

- Hola, soy Luisa Delfino. Te escucho.

Al principio hubo silencio. Después, al unísono, estallaron las carcajadas, incluyendo a la seño Yenni, que ya no era tan linda como pensaba, y a Paolita, que lo señalaba con un dedo acusador mientras se reía y se le desfiguraba la carita, con esos anteojos de vieja y al final era fea nomás, y hasta un poco tonta. Se fue a sentar, avergonzado y cabizbajo. No salió a ninguno de los dos recreos.

La seño habló con la mamá y le aconsejó que Carlitos no debería mirar tele hasta tan tarde, porque el programa de Luisa Delfino lo dan tarde, ¿no?, y menos ese programa que es más bien para grandes, por los temas que tratan, el amor, las parejas… ¿no le parece? Que sí, que no se preocupara, que ella lo iba a vigilar para que no siga viendo ese programa y que estaba de acuerdo, que era para grandes. Carlitos, a un costado escuchaba toda la conversación, mientras miraba al piso y movía un pie en punta.

Cuando llegó a su casa, la mamá le preparó la leche con galletitas y él se sentó en el sillón y prendió el televisor. Mientras tomaba la leche y no apartaba los ojos de la pantalla, la mamá le preguntó qué había pasado en la escuela y por qué la seño le dijo eso de Luisa Delfino. Y Carlitos le contó todo: que la seño era mala y sus compañeritos también y que ni siquiera sabían hablar solos porque la seño los tuvo que ayudar hasta para hablar y eso se aprende desde jardín, ya. Y por eso y por mucho más, sus compañeritos eran todos tontos. Cuando terminó la madre le dijo:

- ¿Y vos por qué crees que se reían?

- Y porque son tontos, nomás ¿no te dije?, ¿por qué más va a ser? Si a mí me sale muy bien hacer de Luisa Delfino y todos los otros que voy a ir aprendiendo a hacer. ¿Querés que te muestre como hace Luisa Delfino?- preguntó entusiasmado, Carlitos.

- Bueno. Dale- dijo la madre, más por compromiso que otra cosa.

Y Carlitos hizo como Luisa Delfino, y le salió muy bien. La mamá se rió y lo aplaudió. Y él se rió con ella y aplaudió también. La mamá lo dejó seguir mirando a Luisa todas las noches, y todos los programas que él quisiera, porque sabía que de todas formas, Carlitos iba a seguir imitando.

En la escuela, sus compañerito lo molestaban y le pedían que hiciera de Luisa Delfino, pero no, porque solamente lo piden para burlarse. Y que me importa que no sepan quién es Luisa y que sea un programa para viejas enamoradas. Y se iba, levantando los hombros, como lo hizo casi toda la primaría. Pero Carlitos creció y algunas cosas fueron cambiando.

Para cuando iba a séptimo grado, Carlitos ya imitaba a cientos de artistas de la televisión. A veces hablaba como Morgado en “Cablín”, como Reina Rech, en “Reina en colores”, imitaba a Francella en “Brigada cola”, a Arturo Puig o María Leal en “Grande pá”, a Susana Giménez, a Fabián Gianolla en “La familia Benbenuto”, a Tinelli conduciendo “Ritmo de la noche”, a Grondona en “Hora Clave”… Todo personaje que aparecía en televisión, el lo estudiaba, observaba cada movimiento, cada gesto, cada latiguillo y los iba almacenando en su cabeza, para luego recordarlos frente al espejo. Y uno a uno le iba saliendo desde dentro para transparentarse en su piel y en todo su cuerpo.

Al final, en la escuela terminaron aceptándolo y en los recreos se acercaban a escuchar sus imitaciones con respeto: se reían con él y no de él. A Paolita se le habían caído las trenzas y se le fueron a posar en el pecho, formando dos montañitas que comenzaban a intrigar a Carlitos, (que de “Carlitos” ya le quedaba muy poco) Paolita siempre le pedía que haga de Gustavo Bermúdez o de Gastón Pauls en “Montaña Rusa” y él siempre la complacía.

Estuvieron de novios por tres meses, en los que Carlitos tuvo que turnarse entre Bermúdez y Pauls. Sobre todo, cuando terminaba de besarla, tenía que decirle una frase con la voz de alguno de los dos actores preferidos de Paolita, que terminaba de lo más feliz al creerse que besaba a sus ídolos. Carlitos se había dado cuenta hace rato de que así era la cosa, pero no le importó, le gustaba dejar feliz a su novia. Porque él también terminaba muy feliz. El problema fue cuando Paolita creyó que lo estaba haciendo con Gastón Pauls, y en pleno acto de su primera vez, le dijo: “Seguí Gastón, seguí” Cosa que enfadó a Carlitos y no pudo seguir. Se vistió y se fue. Al otro día cortó con Paolita, que al final no era gran cosa y hasta seguía siendo tonta porque se creía que besaba a Gastón Pauls o a Gustavo Bermúdez, en vez de a él, que eso ni lo hace una nena de jardín y esta, que es más grandota que no sé qué, se lo cree, la tonta. No sería la única “Paolita” que se le cruzaría en su vida amorosa: al final, todas siempre le pedían que imitara a algún actor, o en su defecto, cantantes (sentía rechazo por imitar cantantes, aunque nunca supo bien porqué). Y así fue su vida amorosa y sexual, entre actores que salían entre medio de besos húmedos y sábanas transpiradas.

Cuando dejó la escuela, (no terminó nunca, le restaba horas para sus ensayos y para ver televisión), se puso a trabajar de albañil, aunque a veces se ganaba unos pesos en algunos bares donde los llamaban cuando les fallaba alguna banda o algún otro número. Jamás fue el artista principal de alguno de estos locales. Y también lo sabía hace rato, pero al fin y al cabo, le pagaban por hacer lo que más le gustaba: imitar. “Es que la gente no sabe que esto también es un arte”- pensaba Carlitos, para consolarse y seguir con el show. La gente lo aplaudía y algunos hasta lo imaginaban en la tele, con su programa propio. Como Gasalla o como Caseros. O él deseaba que ellos lo imaginaran así.

A pesar de que siempre estaba sonriendo y en todas sus charlas, con amigos, con sus novias, con sus padres, con todos, terminaba imitando a alguien, a veces para remediar un comentario desafortunado y a veces, por lo general, porque sí nomás, Carlitos no era feliz. No sabía quién era él, porque siempre se sentía otro, actor, conductor, periodista… cualquiera, menos él. Y no consiguió compañera que lograra descubrir quién era él realmente.

Cuando el padre murió, Carlitos lo despidió hablando como Porcel en una de las tantas películas que le gustaban a su padre. Cuando murió la Madre, la despidió diciéndole: “Soy Luisa Delfino, te escucho” y recordó el día en que la madre le dijo que imitar no estaba mal si era para hacer reír a los demás. Y se quedó con la primera sonrisa de su madre ante su imitación de Luisa Delfino.

Pensaba que las cosas se le habían ido de las manos, y pensaba que fue porque siempre soñó con que iba a llegar lejos con las imitaciones, ¿Quién no querría a una persona que, como una mamushka iba descubriendo a cientos de personajes de la televisión? Y apostó toda su vida a ese sueño. Pero en el pueblo no había lugar para ese tipo de espectáculo. Un año se había ido a probar suerte a la ciudad, pero en menos de un mes volvió porque no se acostumbró al ritmo de la ciudad, aunque también fue porque no lo llamaban muy seguido y, cuando lo hacían, siempre, como en el pueblo, era para suplantar algún otro número.

Carlitos murió en el pueblo, a los 28 años, por cosas de la vida, nomás. Nunca se casó ni tuvo hijos. Lo último que dijo, se lo dijo a una enfermera que pasaba por ahí. Dijo: “Que me entierren junto a mi madre así le digo al oído: “hola, soy Luisa Delfino, te escucho” y junto a mi padre, así imito a quién quiera él. Soy Carlitos Gonzalo Morales. Soy como una mamushka: dentro de mí habitan todos los artistas, todos los personajes de la televisión. Entiérrenme como a un artista más” y se fue siendo tan él que se confundía con tantos otros.

A su entierro fue muy pocas personas. Nunca tuvo amigos fieles. Paolita fue con el nuevo novio, pero igual lo lloró a Carlitos, aunque también lloraba por Gustavo Bermúdez y por Gastón Pauls. Sus tres amores de adolescencia.

25 de noviembre de 2010

viernes, 19 de noviembre de 2010

Pensamientos

Estaba como quería estar: sentado, escuchando música y volando en su imaginación, en la que centraba sus cinco sentidos para que sus pensamientos se le hicieran palpables. Al principio creía que no pensaba en nada específico, pero se encontró con que pensaba en pensar, en preguntarse qué pasa cuando uno está pendiente de sí mismo (no egocéntricamente, sino evaluándose, observándose) todo el tiempo, ¿se creería realmente lo que se es o dudaría, por más que supiera que así era naturalmente, que ya su cuerpo y sus gestos y palabras salían de él, tan natural, tan acostumbrados… eran más bien reflejos, ni siquiera deteniéndose a pensar en lo que se dice y se hace, porque el otro espera e incluso intuye respuestas completas antes ciertas preguntas, y sabe cómo se va a reaccionar, e inevitablemente el otro desea que así ocurra? ¿Dudaría o lo creería?

Y fue ahí que se perdió en otro pensamiento: ya no en pensar en pensar, sino en creer o no creerse a sí mismo dentro de su pensamiento. Y se ponía a prueba ahí dentro, se inventaba escenas completas con diálogos comunes, primero, para después írsela complicando más y más en temas profundos, como el arte, la política, el aborto, la sexualidad, la iglesia, las religiones… Horas completa se puso a prueba dentro de su cabeza, se encerró ahí y se observó.

Y en momentos se creía, sobretodo en los diálogos profundos sobre temas específicos, donde sabía que se detenía a pensar respuestas (en su pensamiento pensaba que pensaba respuestas), y se sorprendía de lo decía en sus pensamientos, y se preguntaba si así era realmente, si así se comportaba en la vida real, fuera de su mundo privado, en el mundo público. Pero en las charlas más cotidianas, más superficiales, se veía como un personaje que actuaba, que tenía ciertos tics, ciertos latiguillos en donde apoyaba sus ideas vanas.

Pero en otros momentos de las largas horas que estuvo ensimismado en sus pensamientos, las cosas se revertían: creía que las charlas cotidianas lo mostraban tal cual él creía ser, porque en esas charlas se entregaba completo, desnudo hasta de pensamiento, y sus reacciones eran naturales, espontáneas y bellas. En cambio en las más profundas se vio poco creíble en las respuestas, incluso hasta las halló rebuscadas con el fin de demostrar saber, y no le gustaba para nada verse así.

Y así, la tarde se volvió noche para dar la bienvenida a una mañana fría y el seguía sentado con la música que sonaba de fondo porque sus sentidos estaban sobre sus pensamientos. Pero ya no quería estar así.

No supo cómo seguir…. Y enloqueció.

8 de noviembre de 2010

viernes, 12 de noviembre de 2010

El de las moneditas

-No tiene una monedita, abuelita.

Las señoronas del pueblo sabían que cuando él las llamaba abuelitas era porque ya peinaban canas. Más de una se ofendió, porque allá también las tenemos en coquetas. A otras, les decía tía y a las más chicas, directamente les decía nena. Pero a todas siempre les pidió lo mismo: moneditas. Con el género masculino nunca fue muy amable, vaya uno a saber porqué.

A Fidel lo vemos todas las tardes, en las esquinas de las calles 12 de Octubre y Don Bosco, de Puerto Deseado, una ciudad en la que se vive como en un pueblo, a lo mejor porque nadie quiere enterarse que ya dejó de serlo. Pero es que del cambio de pueblo a ciudad, nadie nos avisó.

Todos conocemos a Fidel: un hombre-niño grande, gordo, de ojos hundidos que se pierden en unas ojeras de toda la vida y detrás de un par de cachetes regordetes, de andar rengo, por algún problema en la cadera o en la pierna, vaya uno a saber, siempre con los pelos desordenados, y con la dentadura a la miseria, de tantos caramelos, debe ser. Fidel era el nene gigante que pedía monedas a todos los deseadenses que nos cruzábamos en su camino. A veces entendía que no se le podía dar moneditas todos los días y bueno, pero mañana sí, eh. Pero cuando andaba con los mil demonios encima, andá a la mierda, puto, se hace la linda, la fea, esta… Forro, sos malo, eh… No le importaba meterse con nadie: él quería sus moneditas.

Un día vi cuando se cayó en una esquina y no se podía levantar. Fue un tropezón que se convirtió en caída al instante. Allá fue a parar todo ese cuerpo rechoncho, las monedas decorando su caída, y ahí nomás largó el llanto, el nene regordete, el gigante aniñado. Y entre risas lo fueron a levantar los remiseros de enfrente, sus cómplices y amigos. Pero no, el nene quería a la hermana, pedía que venga mi hermanita, quiero a mi hermanita. Y su llanto hizo que los remiseros sintieran un nudo en la garganta, que disimularon entre risas, que somos macho, carajo, y a esta edad, no se llora por cosas como estas. Por más que veamos a un gordo grandote que era un niño más, un hijo más, que ya era un hombre, pero qué mierda importa la edad. Y volvieron y esta vez, sí, lo levantaron y ves que sos boludo, Fidel, por qué no te fijás por dónde andás. Y yo qué sabia, qué. Y se limpiaba los mocos con sus bracitos regordetes. Bueno, tomá dos pesos y andá a comprarte algo, boludo. Y se iba, entre hipos y levantadas de hombros, ante las risas de los muchachos. Todos sabían que a pesar de sus enojos, Fidel volvía siempre a charlar con sus amigos remiseros. No había enojo que los separara. Hasta que la remisería se cambió de lugar y volvió a quedarse solo por las tardes.

Daba ternura verlo moverse, en ese caminar destartalado con su brazo izquierdo levantado hacia un costado para lograr el equilibrio a cada paso, con su ropa de todos los días, cuando se dirigía al Drugtore de la esquina de la Don Bosco y la Brown, a comprarse sus golosinas que tanto le gustaban, con todas las moneditas recaudadas del día en el bolsillo, más el billete de los enojos diarios. Si hasta parecía un sonajero gigante.

Después de la compra, Fidel volvía, con toda su paciencia al lugar de siempre, y se sentaba a comer cada caramelo, cada pochoclo, chocolate, alfajor… todo lo adquirido con sus moneditas. Pero ni con la boca llena dejaba de pedir sus tesoros: las moneditas.

Por las noches era otra cosa, pero sólo los viernes. Los pibes salían del Quinto elemento, el boliche chico del pueblo-ciudad y se lo encontraban en la esquina, a eso de las seis de la madrugada. La juventud perdida salía como querían del boliche, con ganas de pelear, de golpear a alguien o con las ganas de seguirla en casa de alguien o vamos al cabarulo, loco. Pero nadie se metía con Fidel, siempre hubo un gesto amable con el gordito simpaticón, que por más que te puteara, lo aprendías a querer. Dale, tomá un poco de birra, boludo, dale. No, salí de acá que te meto una piña, eh. Dale, Fidel, no seas maricón. ¡Raja de acá, te cago a piñas, eh! Y se iban, cagándose de risa, y Fidel, desde allá los seguía puteando. Pero al otro día se olvidaba de quién había sido el borracho que le ofreció cerveza. Y puteaba por eso, también.

Porque Fidel se dio a querer así, puteando o agradeciendo por cada monedita que le dieran o negaran. Es el personaje que nos quedó del pueblo, el loquito al que todos queremos, aunque nadie sepa nada de su vida. Y si sonríe, con esos pocos dientes negros que le quedan, nos alegra el día. Pero para que esto ocurriera le tenías que dar una monedita, pero de las grandes, ¿eh?, no de las chiquitas. Y la guardaba en su bolsillo.

12 de noviembre de 2010

viernes, 5 de noviembre de 2010

Profezorra

-Buen día, ¿cómo est…

- ¿¡Cómo querés que esté! ¡Si tengo una manga de incompetentes de alumnos!? ¡Y es que después nos quejamos de cómo está la educación! Pero estos pibes vienen sin estudiar, sin hacer los deberes, sin nada. ¿Y los padres? ¿Dónde están? Ni se preocupan. Te lo largan en la escuela y ¡ahí tenés! ¡hacete cargo vos!... ¡Pero cuando al nene no lo aprobás, se acuerdan de que tienen un hijo que va a la escuela!

-Bueno, calmase un po..

- ¿¡Cómo querés que me calme!? Si es así. A una la toman para la chacota. Y es que no entiendo ¡cómo pueden estar en segundo año, caramba! Incompetentes y mediocres: así los podés clasificar en este curso. Miralo a Zapata. Ese pibe, con esa cara… ¡Dios nos libre!, ¡pero ese chico va a terminar preso en cualquier momento!

-¿Por qué lo dice, se enteró de algo?

-No, pero ¿le viste la cara? ¡Es un delincuente en potencia! ¡Qué horror! También, el barrio en el que vive… Por más que te esfuerces y le expliques, es una pérdida de tiempo. ¡Y es que no escuchan ni te dejan hablar!... Y Zapata no va a aprender nunca con esa cara. Y la borreguita esta… ¿Cómo se llama?... ¡Azcurra! Esa, el año que viene, se nos viene preñada, acordate de lo que te digo. ¡Otra que no vale la pena! Yo, sus prácticos, los leo hasta la mitad porque ni escribir sabe, la burra esa. Pero mandala a provocar pibes… ¡Eso sí sabe!

-¡Ay, Señora Mirtha! ¿Le parece?...

- Sí, sí, sí, sí, estoy segura. ¿No viste cómo la miran? Encima, los pibes son todos unos degenerados. Si todo el día están mirando tele o en internet. Y sólo ven culos y pornografía. Y la otra que se le viene con el guardapolvo arriba de la cintura, ¿para qué? ¡Me querés decir vos! Para calentarlos, nomás, ¿¡para qué otra cosa va a ser!?

-Usted exager…

- ¡Exagero! ¡Exagero! ¿Sabés cuántos alumnos tengo en ese curso? ¡Veintisiete! ¿Sabés cuántos aprobaron? ¡Tres! ¡Tres de veintisiete! ¡Y exagero, me decís! No, si es como digo yo: viene de familia. Porque los que aprobaron fueron, el hijo de Dr. Fernández, la nena de Aguirrez, el abogado y la chiquita de García, el del banco. Los demás… ¡Qué se puede esperar!... Lástima lo de este chiquito, Fernández, pobre.

-¿Por qué pobre?...

- ¡Y porque sí, Claudia! ¿No te diste cuenta que le salió… rarito? Es inteligente, eso no lo vamos a negar… Y es que además se le nota, porque si vos me decís que lo es y se puede disimular… bueno, es otra cosa. ¡Pero a este pibe se le nota a la legua! Y los pendejos de ahora lo ven como algo normal, algo natural. ¡Mirá al punto que hemos llegado! ¿¡Te das cuenta!? Antes, en mi época, en mi escuela, ni las mujeres les hablábamos así se daban cuenta ¡solitos! que no estaban bien siendo así. ¡Y funcionaba, eh! Viste el taxista este… ¿Cómo se llamaba?... El de La San Jorge… Sosa o Suazo… no importa. Bueno, ese iba conmigo a la escuela y de chiquito era medio rarito, así, como el hijo de Fernández. Una vez se corrió el rumor de que hacía cosas con el cura de la parroquia, porque yo iba a una escuela privada, ¿viste? Pero bueno, la cuestión es que se decía eso. Yo no lo creo y nunca lo creí, pobre del cura Gregorio, que era tan bueno… ¡decir una cosa así de él!… Nosotros, cuando nos enteramos, lo dejamos de lado al pibe este, por rarito y mentiroso. Y nadie le dirigía la palabra, eh. Hasta que, unos meses después, se apareció con novia y se normalizó. Se casó y todo, ¿eh? Porque a una persona, sea lo que sea, lo peor que le podés hacer es quitarle la palabra, el saludo… Y ahí nomás se enderezan. Bueno, ahora se separó y dejó a la mujer con tres hijos… Viste que ella era una cualquiera también, y él se cansó… Aunque también se corrió el rumor de que a él lo vieron con un amigo medio raro, pero yo no lo creo. En este pueblo inventan muchas pavadas, porque la gente se aburre, parece. Pero bueno, ahora ¡qué querés con estos degenerados! ¡Si hasta invadieron la televisión, se pueden casar y todo! ¡Y quieren adoptar! ¿¡Vos podés creer!? Y los pibes, claro, ven eso, se crían con eso y lo imitan. Y los demás chicos, los que son normales, ya lo ven como algo natural, porque ya se les hizo cotidiano. Yo pienso, ¿no?: ¿y los padres? Me querés decir ¿dónde están los padres?

-Bueno, Señora Mirtha, las cosas cambi…

-¡Pero los valores no! ¡Y la palabra de Dios, menos! ¿Te parece normal que dos hombres, dos mujeres se amen? ¡A mi no! Y la educación es otro descontrol. ¿Sabés lo que pasa? Que se creen más vivos que una. Porque ellos viene a la escuela a provocarnos, a desafiarnos… ¡a jodernos la vida! Quieren demostrar que tiene más poder que una. Pero conmigo se joden, porque saben que no los voy a aprobar así nomás. En mi época jamás te avisaban que te iban a tomar una lección porque una estudiaba todos los días. Ahora, por más que les avises con un mes de anticipación, no te aprueban porque no estudian. Así de simple: son burros, vagos y degenerados. Pero claro, ellos se creen que te hacen una sentada o te toman la escuela, las universidades y así solucionan todo. ¿No viste a la nena esta que salió en televisión, que habían tomado la universidad de Buenos Aires?

- No. ¿En qué can…

- No sé en qué canal, eso no importa. El periodista este, tan gauchito… ¿cómo se llama?... ¿Filman… Fresco…? Algo así, no importa. Lo importante es que él la entrevistó a la borreguita esta, que era la presidenta del Centro de Estudiante (otro lugar donde se juntan degenerados), y le preguntó si había aprobado todas las materias, si estaba en el año que le correspondía y esas cosas. ¿Y adivaná qué? La mocosa era repitente, se llevaba materias y era otra burra más. Y así, todos. Todos una manga de burros que te toman la escuela para reclamar ¿qué?, que se les cae encima. Porque ni siquiera reclaman por mejor educación ni por que se les exija más. No. Reclaman por algo que ellos mismos se encargaron de romper. ¡Y andá a saber hasta cuándo le van a seguir dando manija con ese tema!

- Bueno, pero algo de razón tien…

-¡Ni se te ocurra decirlo! ¿Le vas a dar la razón a los borregos estos? ¿No ves la realidad vos? ¿¡En qué mundo vivís, Claudia!? ¡Informate un poco, querés!... ¡Lo único que me faltaba! Que una colega se ponga de su lado… ¡No, si a mí la vida jamás me va a dejar de sorprender!

-Pero podemos tener pensamientos distin…

- ¡Por supuesto que podemos pensar distinto! Pero vos a mí no me vas a negar la realidad, querida. ¿O me vas a negar que Zapata tiene cara de delincuente? ¿Me vas a negar que la chiquita de Azcurra no es un poco atorrantita, como la madre, que ya todo el pueblo sabe que le mete los cuernos al marido con su compadre? ¿Eh?... Y el pibe este, Fernández, que ¡decí que por lo menos salió educadito!, pero no podés negar que es puto. Si hasta el profesor de gimnasia anda haciendo chistes sobre él y su amiguito, el morochito ese de tercero, que siempre lo espera a la salida y se van juntos… Andá a saber a dónde van y qué hacen. ¡Por favor, Claudia, no seas necia, no niegues lo innegable! Tu problema es que no escuchas, ¡jamás lo hacés! Claro, vos sos mucho más joven que yo, pero, querida, vos estudiaste en una universidad hecha y derecha, yo tuve a tus padres de alumnos y eran muy buenos estudiantes. Ellos te habrán educado bien, supongo… ¡No podés pensar como los demás! Vos no me podés venir a decir que las cosas están bien porque me estás negando una realidad, querida. Y pensar así… No sé, es medio peligroso, ¿viste?

-…

-¿Ves? Te quedás muda, querida, porque sabés que tengo razón. Ustedes, los jóvenes, tendrían que aprender a callarse un poco y escucharnos más a nosotros, los adultos. Porque la vida no se hace solo de estudios ¿eh? No, no, no, no, querida. La vida también son las experiencias vividas, y ustedes ¿qué experiencia de vida pueden tener? Les falta mucho todavía. Ese es el problema de los pibes: quieren quemar etapas en vez de disfrutar de la niñez, de la juventud, que es tan hermosa. No, ustedes quieren tomar el poder, quieren hablar de política ¡como si supieran algo de política! ¡Por favor, no me hagan reír!

- Eso es subestimar a los jóv…

-No. Eso es decirles las cosas tal cual son. Pasa que a ustedes no les gusta mirar la realidad, viven en una nube de pedos, ¡que Dios me libre! Si las cosas se hicieran como ustedes quieren, el mundo ya sería un caos… Pero ustedes, encima son mal agradecidos, porque cuando aparece alguien, como yo, que sólo pretendo corregirlos, advertirles que están equivocados, que las cosas jamás van a poder ser como ustedes lo piensan; se enojan y me atacan. Nos atacan a nosotros que sólo queremos que las cosas estén como siempre estuvieron que tan mal no nos fue, ¡caramba! ¡Mirá a tus padres, querida! Te educaron de la mejor manera posible, y jamás se les ocurrió reclamar nada… Pero bueno, qué te voy a decir a vos, si yo sé que en el fondo pensás como yo y por eso estás acá: para ayudar a los chicos a que terminen sus estudios… por más que muchos de ellos ni siquiera se lo merezcan.

-No, yo no pienso com…

-Hacés bien si no pensás, querida. Hacés muy bien, porque al final… una se mata pensando en cómo ayudarlos y venís acá y te das cuenta de que es una pérdida de tiempo, que ya está, no van a cambiar nunca, está en su naturaleza ser así. Y no es porque una no ponga voluntad, ¿eh?, vos lo sabés mejor que yo. Pero bueno, hay que seguir nomás. Ojalá que algún día recibamos un reconocimiento digno por todo lo que hacemos por la juventud. Aunque ellos no lo crean, estamos trabajando por y para ellos. Te dejo querida, ya es la hora de mi clase. Hoy me vine con todas las energías puestas… Ya van a ver quién soy yo, ¡qué se creen, estos!


4 de noviembre de 2010

domingo, 31 de octubre de 2010

Alivia

Nuestro amigo Agustín, se había levantado temprano ese día, si bien la noche anterior apenas había dormido planeándolo todo para que saliera perfecto.

Hacía dos semanas que le había pedido noviazgo a Camila y ella, por supuesto, había aceptado. (Digo “por supuesto” porque si ella no hubiese aceptado, para qué nombrarla en este relato, ¿no?) Ambos eran jóvenes y lindos, se entendían muy bien y tenían varias cosas en común (No voy a dar detalles de la belleza de cada uno porque, si me detengo en el pelo rizado y la cara perfecta de ella, o en los ojos azules y el cuerpo atlético de él, el relato no va a ser muy creíble. Conformémosno con saber que eran jóvenes y lindos. Ah, y que creían amarse)

Sigo. Ese día, Agustín se bañó (pensó en masturbarse en la ducha, pero lo postergó por las dudas), se perfumó y se vistió con sus mejores ropas: un bóxer blanco y nuevo, un jeans y una remera celeste o verde (no distinguía los colores, era daltónico), y una campera, también de jeans, pero negra. Se miró al espejo y se sonrió. Estaba lindo, se sentía lindo. Tomó su morral azul y salió (En el morral llevaba una botella de esos jugos saborizados espantosos, uno de limón en este caso, un par de carpetas de la universidad y su cámara digital. Los dos últimos no importan pero, atento con el jugo, eh?)

El día también estaba lindo: soleado y caluroso, junto a una brisa que lo hacía más agradable. En la parada del colectivo, esperó unos veinte minutos, cosa que no le importó porque disfrutaba de la música que salía de sus auriculares. Una chica que pasaba por en frente, lo miró y le sonrió. Él se hizo el desentendido (dos semanas atrás, hubiese ido detrás de ella y ambos terminarían en la cama de él), y miró para otro lado. Sólo le importaba Camila.

La joven pareja aun no habían tenido sexo, y Agustín tenía todas las expectativas de que, en ese encuentro, por fin sucediera. Lo había pensado toda la noche (como ya dije antes) Pero no. El encuentro en casa de ella ni merece la pena contarlo (“Qué antipático”, pensará usted, pero es la verdad: sólo un par de besos, ni siquiera caricias, una mano de más… ¡algo! Vamos, son jóvenes, ¡carajo!, ¡tóquense! Pero no. Camila estaba rara esa tarde así que ni vale la pena contar las dos horas y media que estuvo Agustín ahí. Ni siquiera el diálogo que mantuvieron fue interesante. Ya dije: conformemosnó con que son jóvenes y lindos, no les pidamos que, además, sean inteligentes e interesantes. Sería un exceso.)

Lo único rescatable de ese encuentro fue el momento en que Camila se dirigió a la cocina, se sirvió un vaso de yogurt, regresó, le dio un beso y le dijo: “Ahora vuelvo”, dejando el vaso sobre la mesita que estaba junto a los sillones en los que estaban sentados. Agustín, pensando en que la novia se estaba preparando para el primer encuentro sexual, se puso nervioso, tomó el vaso de yogurt, bebió un sorbo bastante largo, y se acomodó en el sillón, mientras, a su vez, acomodaba su entrepierna.

Cuando ella regresó, le dijo que tenía cosas que hacer o que los padres ya estaban por llegar, o cualquier otra cosa. Lo importante es que lo echó muy sutilmente y Agustín no entendía nada (Como usted no debe entender en este momento, porque este relato no va ni para atrás ni para adelante. Pero no desespere) Agustín hizo como que no le importa pero en realidad estaba re caliente (en ambos sentidos) y se despidió muy cordialmente. (Ahí mismo se arrepintió de no haberse masturbado en la ducha antes de salir)

El colectivo de regreso pasó enseguida, para alivio de nuestro protagonista, que aun no conocía bien la ciudad y ese barrio lo atemorizaba un poco. La temperatura había aumentado notoriamente, a pesar de que ya estaba oscureciendo, y Agustín comenzó a transpirar. Tenía media hora de viaje hasta su casa.

Una vez dentro del colectivo, consiguió un asiento individual. Delante de él iba durmiendo un hombre barbudo, mal vestido y con mucho olor a alcohol. (Parecía un linyera pero no lo era) Detrás, una mujer embarazada, con una panza en la que parecía llevar trillizos y hasta cuatrillizos. Apenas se sentó, recibió un mensaje de texto de su amada:

De Cami: Amor, no habrás tomado de mi yogurt, no?,
porque es “Alivia”. Pasa que ando mal de la panza
y no sabía cómo decírtelo. Besos.

“Alivia”, ese yogurt de la tele, que en la publicidad mostraba a las mujeres con la cara arrugada porque no pueden cagar, pero prefieren decir que andan con “tránsito lento”, como si se tratara de una carretera. “Alivia, el yogurt que facilita el tránsito lento. Vos me entendés, gorda”, decía la dientuda en la pantalla. Y Agustín lo recordó una y otra vez, durante el viaje, como una condena.

Su panza hizo un ruido espantoso, pero prefirió ignorarla. Respondió al mensaje, diciendo que no se preocupara, que tomó un poquito pero que estaba bien. Pero no lo estaba. Y comenzó el problema para nuestro amigo.

(Ahora necesitaré de su ayuda, compañero, porque a partir de este momento me gustaría que usted tratara de sentir lo que sintió nuestro amigo Agustín, así entiende por qué hizo lo que hizo y no piense, erróneamente, que fue un hijo de puta. Trate de ponerse en su lugar, pobre, y a medida que vaya leyendo el relato, imagine que es usted mismo el que va en ese colectivo, haciendo los esfuerzos que Agustín hizo. Y después sí, si quiere, juzgue)

Al principio, Agustín, no hallaba cómo sentarse porque su cuerpo comenzó a exigirle expulsar todo. Empezó a contraer las nalgas porque se le querían escapar ventosidades por todos los orificios (Agustín era más bien de “tránsito acelerado” y hacía lo segundo casi diariamente. Había comido fideos con huevos frito, y, supongo que todos sabemos los olores que esto produce; y no había ido al baño en todo el día, desde la noche anterior, así que, imagine usted)

El colectivo tomó su ruta por una calle de tierra, llena de baches, y en cada salto que daba, Agustín apretaba más y más el culo, al punto tal, que comenzaron a dolerle las piernas. Seguía incómodo por no saber como sentarse, y la transpiración salía a chorros por sus poros. (“Alivia, el yogurt que facilita el tránsito lento. Vos me entendés, gorda”) Los minutos se habían detenido y sentía que el colectivo no avanzaba. Se sentía observado, aunque en realidad nadie lo miraba. Sentía ganas de llorar de la impotencia. Temía lo que llegara a suceder si le aflojaba un poco al apriete.

(“¿Por qué no se bajaba del colectivo?”, pensará usted. A lo que debería responder que no se animaba a bajarse porque: primero, sabía que si se movía se le salía todo, y segundo, porque no conocía el barrio y aun faltaba mucho para llegar a su casa.)

Fue un bache, (uno de esos bien grandes que hacen que los colectivos se muevan, que cualquiera se cagaría del mismo susto, pero no fue el caso de mi amigo Agustín, porque todos ya sabemos cuál fue el motivo que lo llevó a hacer eso que, desde chico nos enseñan a que se hace en el baño y no encima de uno mismo… Imagine usted, el trauma que esto puede causarle a un joven de veinticuatro años de edad. Todo por un yogurt, un maldito yogurt “Alivia”) lo que hizo que, nuestro amigo se despidiera casi hasta de su mismo vientre.

El colectivero no había visto el bache y se mandó con todo, a tal punto, que algunos pasajeros gritaron porque se habían asustado, y otros lo putearon. Entre esos sonidos (gritos y puteadas, “Alivia, el yogurt que facilita el tránsito lento. Vos me entendés, gorda”,), fue que Agustín, en un descuidó, aflojó el apriete de las nalgas y salió de dentro de él lo que ya todos sabemos. Pedos y mierdas se encontraron con su bóxer blanco, dejándolo de un color marrón clarito que, fácilmente, podría imponerse como moda. “Si total, las “chicas Alivia” lo usarían con toda seguridad”- pensó, enojado, Agustín.

No pudo evitar decirse que fue un alivio para su cuerpo, pero sólo fueron dos segundos de satisfacción, porque rápidamente lo invadió la culpa, el asco y el miedo a ser descubierto por los demás. Nadie había notado (aun) el accidente de nuestro amigo.

Comenzó a sentir cómo la mierda le iba cayendo por sus piernas y, el roce con los vellos de éstas, le hacía picar y a la vez le daban arcadas. (“Alivia, el yogurt que facilita el tránsito lento. Vos me entendés, gorda”) El olor no se hizo esperar y junto a él llegaron las caras arrugadas de los señores pasajeros, que estiraban el cogote buscando al puerco sucio que había osado largar sus pestilencias ahí, cerca de ellos. Agustín, ni lerdo ni perezoso, también arrugó la nariz, y comenzó a buscar al culpable. (Le salía muy bien hacerse el desentendido, no se lo vamos a negar)

En un momento creyó que todos lo miraban a él, y estuvo a punto de largar el llanto de la vergüenza y la humillación. Pero lo detuvo la voz de un hombre que gritó: “¡Viejo de mierda, encima de borracho, sucio!” y los demás pasajeros asintieron.

A lo mejor por el calor o porque era mucho lo evacuado, o vaya a saber uno por qué, pero lo cierto es que del olor se pasó enseguida a un hedor insoportable, al punto tal que las mujeres comenzaron a hacer arcadas, los niños a llorar y los hombres a putear (lo de siempre) Y las puteadas iban dirigidas al pobre viejo, que ni se enteraba de lo que ocurría, por lo dormido que estaba (y, convengamos que también, un poquito, de la misma borrachera que llevaba encima)

Como ya dije, nuestro protagonista no era ni lerdo ni perezoso, y se le ocurrió la brillante idea que involucra al jugo saborizado espantoso, (el que antes le había dicho, estuviera atento, ¿se acuerda?). En fin, que Agustín vio una oportunidad de salir del paso de tener que pedir disculpa por su cagada, y la aprovechó sin siquiera pensar en lo que podría llegar a ocurrir con el pobre viejo borracho.

No le importó porque él sabía que no iban a sospechar nunca que un chico lindo, como él, bien vestido, perfumado (aunque a esta altura los olores se habían mezclado en su cuerpo) y con cara de buen tipo, se pudiera llegar a cagar encima, a los veinticuatro años. Y haciéndose el disimulado, (merecía aplausos por esta actuación), sacó de su morral el jugo amarillo chillón y espantoso, y poco a poco, muy lentamente y evitando que lo vieran, fue desenroscando la tapa. Luego, aprovechando el siguiente bache, que también hizo que la gente puteara, arrojó el contenido liquido de la botella sobre la entrepierna del viejo que iba durmiendo delante de él. Nadie se había percatado de esta maniobra, (y eso que el colectivo iba bastante lleno).

Los niños, ante un nuevo susto por el bache, comenzaron a llorar más fuerte (una nena, de unos cuatro años, más o menos, rubiecita y trenzuda lloraba y decía- “Mamá, caca, mamá, caca”, y Agustín no sabía si se refería al olor o si realmente la nena se estaba por cagar. Pero por primera vez en el viaje se sintió acompañado), las mujeres aumentaron sus ganas de vomitar y sus arcadas comenzaron a oírse en cada rincón del colectivo, y los hombres, al ver al pobre borracho con el pantalón mojado, empezaron a putera más enérgicamente. Entre tanto alboroto, Agustín se relajó y permitió que saliera un poco más de ese caldo jugoso y oloroso, pero enseguida volvió a contraer las posaderas. La panza largó un rugido de queja.

La señora embarazada que venía detrás de Agustín, soltó un chillido y vomitó, (había comido alguna legumbre, por lo visto) salpicando a los pasajeros más cercanos a ella. Algunos pasajeros tenían la nariz dentro de sus remeras y pulóveres, para evitar respirar el aire fétido. Agustín los imitó, pero dentro de se remera olía mucho peor, y volvió a tener arcadas.

Uno de los pasajeros le gritó al chofer: “-Eh, loco, ¿por qué no frenás y bajás a este viejo de mierda? ¿No olés, no sentís el olor a mierda, vos? ¿No ves que las mujeres están vomitando y los nenes lloran, boludo?”
-¡Sí, bajalo!- gritaron, otros, de más allá.

Y empezaron a empujar al viejo, insultándolo y golpeándolo. El viejo se despertó asustado, y no entendiendo nada (¡Cómo hacerlo!, pobre), entró a tirar manotazos para todos lados, tratando de defenderse de los insultos y los primeros golpes recibidos. Uno de los manotazos fue a dar de lleno en la cabeza de la nena rubiecita y trenzuda, excusa para seguir a los gritos, pero esta vez, sí, desaforados. Todo esto no hizo más que enfurecer al género masculino, que sentían tener un motivo más que justo para hacer lo que le hicieron al pobre tipo.

Entre cuatro, le agarraron los brazos y piernas, mientras otros más le golpeaban el rostro y la panza, escupiéndole los peores insultos que se les ocurrían. El viejo cayó al piso y, como acto reflejo, encogió todo el cuerpo, que los demás patearon sin consideración. Agustín observaba todo esto con ojos llorosos. El colectivo era un caos y sabía que lo había provocado él, pero era al viejo borracho a quien golpeaban, y eso era lo que más le preocupaba y lamentaba.

Tenía ganas de gritar que pararan, que él era el que se había cagado, que la novia era una imbécil más que, por no cagar un día, iba y se compraba yogurt “Alivia” como hacían las mujeres que él consideraba huecas, superficiales y consumistas, ganas de gritar que él había sido el imbécil que tomó del yogurt de ella, y se había cagado sentado, porque no lo pudo evitar, porque por un momento su cuerpo, su mente y todo él, habían olvidado que se caga en el inodoro, en un tacho, detrás de un arbusto, o en cualquier otra parte, pero nunca, jamás de los jamases, uno se debía cagar encima. Y menos en un colectivo.

Y envuelto en estos pensamientos, Agustín trató de levantarse y tocar el timbre para bajar. Ya no le importaba si el barrio era peligroso o no, quería bajar, ¡necesitaba bajar! Pero antes de lograr estar en pie, sintió como un líquido pastoso le entraba desde la nuca y se deslizaba por su espalda: la mujer embarazada le había vomitado encima. Entre llantos, la mujer le pidió disculpas, pero Agustín no se animó a decir nada. La mujer lo miró, puso los ojos en blanco y cayó desmayada a un costado, encima de su propio vómito.

Agustín se sentía miserable, se tuvo lástima, y no aguantando más, largó el llanto ahogado y reprimido que venía conteniendo hacía quince minutos. (La nena rubiecita y trenzuda, era un poroto al lado de este, ¡imagine! Y vea usted, entonces, sino era un buen pibe, que no le importó llorar en público a los veinticuatro años… Claro, ya se había cagado en público, pero es distinto, porque nadie sabía que había sido él, en cambio el llanto, las lágrimas, eran visibles y delataban su tristeza, que eso también es algo íntimo, si se quiere, algo que uno trata de no mostrar ante los demás. Aunque nunca, nadie le había dicho que llorar estuviera mal, pero Agustín así lo creía, eso lo había incorporado de la vida misma y por eso evitaba llorar, porque también lo avergonzaba.)

Por fin el colectivo se detuvo. Los hombres empujaron al señor borracho hasta la puerta trasera del colectivo y de ahí lo arrojaron a la calle, sin dejar de insultarlo. El colectivo siguió su recorrido, como si nada. Los pasajeros intentaban abrir las ventanas, pero estaban selladas. Una muchacha levantó a la mujer embarazada y le daba aire con un cuaderno que tenía en la mano. Los padres calmaron a las criaturas, (incluso a la rubiecita, pero fue la última en aflojarle al llanto. Apasionada, la borreguita) Agustín seguía llorando en su asiento, pero silenciosamente.

De a poco la gente fue abandonando el colectivo, de a grupos o individualmente iban bajando en cada parada. Agustín no se animó a bajar en su parada porque en la misma bajó un grupo de seis personas, entre ellos la mujer embarazada.

El colectivo terminó su recorrido, en un lugar descampado, sin luces. El chofer le avisó a Agustín que debía bajarse. Estaba lejos de su casa. Ni siquiera sabía a cuántos kilómetros estaba, pero decidió bajarse igual. No se animó a pedirle ayuda al chofer. Se dirigió a la puerta trasera, que ya estaba abierta, y caminó a paso lento, con las piernas abiertas. En el interior de su ropa, la mierda se había secado y se le había pegado al cuerpo. Por fuera, y a la vista de todos, se notaba el jeans y parte de la campera con una mancha y pegadas al cuerpo. En fin, era evidente que se había cagado.

El chofer lo vio por el espejo retrovisor y solo atinó a gritar: “-¡¡Pendejo hijo de puta!!”

Agustín corrió. Corrió lo más rápido que pudo y no paró hasta llegar a su casa. Entró, y se tiró al piso a llorar de bronca, de impotencia, de asco, de vergüenza… Lloró por media hora, más o menos, y luego se metió a la ducha, con ropa y todo (esta vez, ni se le cruzó por la mente la idea de masturbarse)

Cuando salió del baño, tiró toda la ropa que había llevado a la cita con Camila y después prendió el televisor: “Alivia, el yogurt que facilita el tránsito lento. Vos me entendés, gorda”- decía la dientona en la pantalla, y el la puteó, le gritó al televisor, le arrojó el control remoto y comenzó a llorar nuevamente (Bueno, sí, era medio llorón el pobre Agustín). En medio del llanto recibió un mensaje de la novia:

“De Cami: Amor, ya estoy bien de la pancita =)
Ya llegaste a tu casita?
Si querés nos vemos mañana de nuevo, en casa.
Avisame cuando estés en tu casa así no me preocupo.
Te amo”

Agustín sonrió y, impulsivamente le contestó:

“De Tín: ¡¡Andá a la mierda, puta!!”

(Ahora sí, si quiere, juzgue a nuestro amigo, Agustín)


31 de octubre de 2010

viernes, 22 de octubre de 2010

La muerte de Fabricio

  Fabricio tomó su campera negra de cuero que colgaba de una silla muerta, se la puso y se dirigió a la puerta.
  Miró su habitación como despidiéndose. Todo estaba desordenado: posters de Ramones y Pappo y otras bandas por el estilo, era lo único que estaba en su lugar, el resto yacía en el piso o en cualquier otra parte, pero menos en el lugar que les debería corresponder. El despelote era tal, y estaba tan acostumbrado a vivir así, que ya lo había naturalizado y creía que todo estaba donde debería estar. Él era así: despelotado. Hasta en su forma de caminar, zancada tras zancada que parecía desarticularse.
  Abrió la puerta, volvió a mirar su habitación, gris, olorosa y envuelta en un aura de soledad y triste agonía. Y salió sabiendo que ese día alguien moriría. Lo sabía bien.
  Tenía una imagen que mantener. Sus amigos le decían El Renegado por su constante mal carácter, su voz gruesa y tronante y su vestimenta. Ese día, además de su campera negra, llevaba un jeans roto y mugriento, borceguíes estropeados y gastados, sus muñequeras   con tachas y su remera preferida, la que tenía estampada a El Padrino, de la película de Francis Ford Coppola. El pelo largo lo llevaba revuelto y desalineado, como él sólo lograba tenerlo. Sí, tenía una imagen que mantener.
  En el barrio lo conocían todos y cuando él pasaba, no volaba una mosca. Había un respeto hacia él que nació naturalmente. Nunca nadie lo propuso pero era como si todo el barrio se habría puesto de acuerdo y era lo que se debía hacer: silencio y sólo silencio ante su paso. Tampoco nadie hablaba del por qué de este ritual, pero todos sentían un manto oscuro, un halo de misterio e inquietud ante él. Caminaba seguro por las calles, se sentía importante, siempre con un cigarrillo entre los dedos.
  Pero esa tarde no le importaba todo eso. Esa tarde se dirigía a la disquería del barrio, dispuesto a comprar ese cd que tanto había mirado y soñado. Podía ser lo último que comprara y lo presentía. Pero iba sin miedo, ya no le importaba nada, ni siquiera lo que Cacho, el pibe de la disquería, pudiera llegar a pensar. Ya tendría una excusa a mano para dar. Él sabía de excusas.
  En una esquina se encontró con los muchachos, sus amigos de toda la vida. Ellos también lo respetaban pero no le temían. Lo respetaban más por sus silencios y porque, las pocas veces que emitía opinión, eran respuestas inteligentes y profundas. Fabricio no era un hablador, y a lo mejor sus silencios eran los que infundían temor en los demás, los que no lo conocían. No se detuvo a charlar, sólo saludo y pasó de largo, pero a nadie le sorprendió. Él era así, siempre fue así.
  El trayecto hasta la disquería se le hacía interminable y el día no acompañaba en nada: el sol le quemaba la nuca, el calor se tornaba insoportable y la campera se le pegaba al cuerpo transpirado y, zancada tras zancada, se le hacía más pesada. Estaba incómodo con la ropa que llevaba, pero era su fachada, la que debía mantener, y no era la primera vez que estaba incómodo. Sabía disimularlo, siempre lo hizo.
  Por fin llegó a la disquería. Fue directo al cd, miró el precio sólo por costumbre porque a él no le importaba cuánto tendría que pagar. Sea lo que sea, lo valía. Se acercó a la caja y le dijo a Cacho que se llevaba ese cd. Le clavó los ojos en busca de algún gesto que demostrara sorpresa, sarcasmo o lo que fuera. No lo encontró.
  Cacho le cobró y le preguntó si debía envolverlo para regalo. Dio una respuesta afirmativa. Mientras envolvían el cd, Fabricio esperó incómodo y sorprendido por la poca atención que recibió por parte del vendedor. No estaba acostumbrado a que lo ignoren. Pero era mejor así, pensó, aunque se sintió casi un fantasma. Cuando tuvo el cd entre sus manos, salió apresurado pero sonriendo, victorioso.
  Volver a casa fue más difícil, aun. Si bien el sol se había ocultado y había dejado paso a una brisa un tanto helada, pero agradable, Fabricio deseaba estar ya, en ese mismo momento en su casa. Su cuerpo era un manojo de nervios y a la vez, estaba invadido por una emoción y una excitación que jamás había experimentado. Lo que más lo impacientaba era escuchar ese cd. No era una compra más. Su vida toda dependía de ese objeto. Él lo sentía así, y de eso nunca dudó.
  Por fin en su casa, desenvolvió el cd, lo abrió y olió el booklet: olor a nuevo que trató de retener con los ojos cerrados. Y mientras lo olía, creyó enloquecer y sentía que su cuerpo respondía a ese olor y cómo su miembro iba endureciéndose con cada aspiración que daba… Fue entonces cuando decidió hacerlo y ya no hubo vuelta atrás.
  Se arrancó esa campera que tanto odiaba y toda su vestimenta fue a parar al piso de la habitación. Toda, menos su remera de El Padrino. Una vez desnudo, se duchó, se sentía sucio, asqueado de sí mismo, se sentía débil y avergonzado de tanta falsedad. El agua se encargaría de limpiarlo. Y lo logró. La ducha le hizo bien, y mientras se secaba, pensó y supo que estaba haciendo lo correcto.
  Se dirigió al espejo de cuerpo entero que tenía junto a su cama, y así, desnudo como llegó a este mundo, se observó. Le gustó lo que el espejo reflejaba: un tipo de treinta años que aparentaba muchos menos, alto, con el pelo hasta los hombro, un cuerpo bien formado, sin muchos músculos pero sin excesos de grasas… Un tipo bien parecido, pensó. Poseía un rostro duro y masculino, pero que si se lo miraba detenidamente, tenía algo de aniñado, de un niño triste y solitario. Se sonrió así mismo.
  Así, desnudo como estaba, buscó la caja que tenía debajo de su cama. La miró unos segundos, dubitativo, suspiró y la abrió. Le llevó exactamente sesenta y ocho minutos para terminar con él mismo.
  Una vez listo, colocó el cd y puso el volumen al máximo. El reproductor marcaba el track cuatro del disco. Apretó play, y de los parlantes salieron los sonidos de unos tambores que se mezclaban con ritmos de música disco. Se hicieron oír los primeros versos de la canción:

“Primero una muñeca vestida de largo,
Que camina y habla, y hada por tus manos,
Después, al hacerme tuya,
Muñeca de trapo que soporta todo,
Hasta el amor ingrato…”

  Y nuevamente, frente al espejo, se observaba, pero esta vez se enamoró de lo que veía: una chica de treinta años, que aparentaba muchísimos menos, alta, una melena rubia y larga, un vestido turquesa que se ajustaba a su cuerpo, uñas largas y pintadas del mismo color del vestido, ojos grandes con pestañas interminables, bañadas en rímel negro, labios rojos, y unas botas negras y largas, que realzaban sus piernas.
  La mujer del espejo cantaba y abría la boca exageradamente, logrando no emitir sonido alguno, solo gesticulaciones, y así y todo, seguía la letra de la canción: “Muñeca rota” de Valeria Lynch. Y al pronunciar la frase: “Tratando de armarme paso las horas, juntando mis trozos entre las sombras…”, la mujer estalló en un llanto sin consuelo, sus mejillas se tiñeron de negro y se dejó caer al suelo, junto a todo lo que ya había en él.
  Esa mujer lloraba la muerte de Fabricio y le daba la bienvenida a Francisca Corleone… Lloraba porque moría y nacía al mismo tiempo. Y en la muerte como en el nacimiento, hay llanto. En el medio, la vida. Y más llantos.

  Hoy, Francisca Corleone presenta su show en el teatro: “La primera Dragqueen del pueblo presenta: Tributo a Valeria Lynch” dicen los carteles que la muestran sonriente y orgullosa. Desafiante. Las primeras cinco funciones ya están agotadas.
  Compró tres copias más del mismo disco porque el primero se rayó de tanto escucharlo en los ensayos para su show. Camina por las calles y sigue siendo respetada, pero la gente habla y susurra cuando pasa ella. Los muchachos, los amigos de toda la vida, desaparecieron. No sabe dónde están pero tampoco los busca. Sigue teniendo una imagen que mantener, y ahora más que nunca.
  Su habitación huele a sahumerio de canela. Los posters son de Madonna, Marilyn Monroe y, por supuesto, Valeria Lynch.
  Cada tanto, sobre todo por las mañanas, se encuentra con el fantasma de Fabricio, pero lo ignora. Sabe ignorar.
  En la caja guardó la campera de Fabricio y sus demás cosas, pero la remera de El Padrino la tiene a mano, de vez en cuando la usa. Le debe mucho más que el nombre.

8 de enero de 2008