No quiero aburrirlos
con esta melancolía,
ni distraerlos de sus monotonías
Vengo a decirles
que ya cambió la melodía,
aunque el tango es el mismo
pero la pista ya no patina
Ahora baila,
aunque baile otra melodía,
ahora baila,
aunque invada la melancolía.
Ahora baila,
se mueve sensual.
Ahora baila,
no dejo de mirar
Ahora bailo,
no dejo de bailar
Ahora bailo,
y te quiero invitar.
Ahora, ¡baila!
aunque no quieras bailar
Ahora ¡baila!
no dejes de bailar,
que el tango es el mismo,
que la melodía tiene melancolía,
que la pista ya no patina.
Ahora, ¡baila!
que quiero bailar.
Ahora, ¡baila!
no dejemos de bailar.
viernes, 29 de junio de 2012
viernes, 15 de junio de 2012
Un instante
La hormiga...
... la tierra
... la raíz
... el tronco
... las ramas
... las hojas
... el viento
... el sol
... la tarde
El libro...
... la hoja
... el dedo
... la piel
... el filo
... (un instante) ...
... el tajo
... (un instante) ...
... la sangre
... el dolor
... el ardor
... la boca
... la saliva
... la sangre y la saliva
... la sangre y el libro
... y vuelta de página
La hormiga...
... la zapatilla
... las medias
... el pie
... la pierna
... la mordedura
... la vida
... la mano
... la palma
... el golpe
... (un instante) ...
... la pierna, la hormiga, la palma
... la vida
... (un instante) ...
... la muerte
... y vuelta de página
viernes, 8 de junio de 2012
Lo que nace del aburrimiento
Los pinchamos con
clavos oxidados hasta lograr mirar a dentro. Me acuerdo de cómo la
sangre se mezclaba en ese líquido pegajoso. A Mario le dio asco y
un poco de miedo. Yo lo obligué a mirar. Me divertía. Teníamos 11
años. Comenzamos a hacerlo porque estábamos aburridos. Muchas malas
ideas nacen del aburrimiento. Y esta había nacido del más profundo
aburrimiento que pesaba, esa tarde de verano, en Puerto Deseado.
La abuela de Mario
tenía una huerta con cerezos, manzanos y perales. También criaba
conejos, chanchos, gallinas y patos. Mario me había pedido que lo
acompañara como ya veníamos haciendo hacía tres domingos seguidos.
Me gustaba acompañarlo. La abuela siempre lo esperaba con postres y
golosinas. Pero de dos a cinco teníamos que estar en silencio porque
la abuela dormía siesta. Me acuerdo porque a esa hora siempre nos
aburríamos.
Ese domingo, cuando la
abuela de Marcos decidió dormir su siesta, yo propuse ir a
aburrirnos afuera, comiendo cerezas. Una brisa movió los árboles y
se oyó el roce de las hojas.
-Mi abuela dice que
falta poco para que nazcan los pollitos.
Y ahí surgió la
idea. Me gustaría poder describir lo que sentí en ese momento, en
el mismo momento en que nació la idea. A lo mejor fue la brisa, pero
sentí un escalofrío que me puso la piel de gallina, y a la vez,
sentí una leve correntada que recorrió todo mi cuerpo.
-¿Vamos a ver las
gallinas?- dije, mirando a Mario. Él levantó los hombros, y sin
mirarme dijo: “Vamos”. Y fuimos. Los árboles frutales dividían
el gallinero del huerto. La ventana de la habitación de la abuela
tenía vista al huerto. Me fijé en todo esto como sabiendo que iba a
ocurrir algo que no debería olvidar. Cerca del gallinero había unas
maderas viejas que habían pertenecido al galpón de las herramientas
del abuelo. Y habían tres clavos oxidados como esperándonos. Yo
agarré dos. Mario uno.
El gallinero apestaba
a mierda de gallina, plumas mojadas y barro. Plumas y granos de maíz
casi tapaban el suelo. Las gallinas miraban entre la curiosidad y el
espanto. Algunas agitaron las alas, pero siempre estuvieron en
silencio. Mario levantó a una de las gallinas y yo retiré cuatro
huevos. Queríamos ver qué había dentro. La idea estaba en el aire,
en el gallinero. Ninguno de los dos había propuesto hacer lo que
hicimos. Simplemente lo hicimos. Tomamos uno y los otros tres los
dejé en el suelo. Mario comenzó a golpearlo suavemente con la punta
del clavo, hasta lograr trizar el cascarón. Pero era un huevo común,
“las señoritas Clara y Yema”, susurró mi madre en mi oído.
Tomamos otro huevo y
ocurrió lo mismo. Cuando Mario me alcanzó el tercer huevo, lo noté
diferente. No solo en su peso sino que también en su textura:
pequeños bultos sobresalían del cascarón. Como verrugas en la
piel. Tomé uno de los clavos y golpeé suavemente. El huevo se movió
en mi mano. Mario me miró, y casi sin respirar dijo: “Hay algo
adentro” Y sonreímos. Con miedo. Con excitación y curiosidad.
Golpeé dos veces más y el clavo abrió una pequeña grieta sobre el
cascarón. Había sangre y se mezclaba con un líquido verde y
pegajoso. Y había algo a dentro. Algo que se movía.
-Hay algo a dentro.
Mirá.
-No, no quiero.
-Mirá, boludo. ¿Tenés
miedo?- pregunté, asustado. Y Mario miró, palideció y retrocedió
dos pasos.
-Matalo- dijo. El
huevo se movió en mis manos. Miré a dentro, y un ojo me observaba.
Me asusté y lo dejé caer. La criatura lloró como un niño y Mario
se tapó los oídos y se tiró al suelo. Intentaba encogerse,
volverse lo más pequeño posible, lo más fetal posible. Como si
quisiera meter la cabeza dentro del ombligo y perderse dentro de sí.
Yo igual quería taparme los oídos, pero más quería callar a
aquello que había salido del huevo.
Chillaba como un
animal herido. Las gallinas comenzaron a revolotear y a picotear sus
huevos. Muchas terminaron con los picos chorreando sangre, y clara y
yema. “Las gallinas mataron a las señoritas Clara y Yema”,
pensé. Y la criatura se movió. Trató de escapar. Tomé el tercer
clavo oxidado, y lo clavé sobre aquello que había salido del huevo.
Tenía ojos. Tenía orejas y colmillos. Pero no vi nariz. Y su
pequeño cuerpo mostraba vellos ásperos y negros. No recuerdo
cuantas veces pinché con el clavo a aquella cosa, pero mi mano
terminó manchada de sangre y amoratada porque algunos golpes dieron
con el suelo, pero no podía parar. Temía que reviviera, como en las
películas.
Mario nunca más me
invitó a lo de su abuela, porque nunca más se me volvió a acercar.
Me miraba como si todavía llevara los clavos oxidados en la mano.
viernes, 1 de junio de 2012
Mañana no estás
Antes de que seamos
Esto que ahora somos
Que no sé bien qué
es,
Pero sé que no es
Lo que éramos antes,
Yo te pensaba
diferente.
Y no estás
Antes de que la
despedida
Se hiciera evidente
Sin saber que era
despedida
Porque no la hubo,
Pero lo supe porque
estabas ausente,
Antes, te pensaba
diferente.
Y ya no estás.
Antes de que pienses
Que te pienso
Quiero que sepas que te
pienso
Pero ya no pienso como
pienso que pienso
Porque cuando te pienso
Ya no estás.
Y hoy no estás.
Antes no es ahora,
Pero ahora se parece a
mañana.
19 de mayo – 01 de junio 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
Sobre la muerte
"Hablamos como si supiéramos algo de ella", pensó Julián y puso tres hielo en el vaso que sonaron al chocar con el vidrio. Luego añadió un tercio de Fernet y dos de Coca. El líquido casi negro quedó sumergido bajo un colchón de espuma marrón. Lo revolvió y probó. Decidió agregarle un poquito más de Fernet y luego volvió a sentarse junto a los amigos. El tema de conversación era la muerte.
Rodrigo había perdido a sus padres en un accidente, pero él era niño y ya no recordaba sus rostros. Por eso comentó: "La muerte no tiene rostro. Y llega por la espalda" Nadie respondió a este comentario. Nombraron a Víctor Sueiro y su vuelta de la muerte, entonces la charla perdió la seriedad con la que se la trataba. Nada peor que hablar seriamente de la muerte.
Gabriela planteó que a la muerte se la debe respetar. "Hay gente que no respeta la vida, mucho menos va a respetar la muerte", dijo Julián. Gabriela ni lo miró. Hubo silencios, como si la muerte estuviera presente o como si la vida quisiera ausentarse. El ambiente, entre el humo y los tragos, se tornaba sombrío un viernes por la madrugada. A Julián no le gustaba hablar sobre la muerte y mucho menos respetarla. "La muerte no respeta, ¿por qué deberíamos respetarla nosotros?", pensó Julián y terminó diciendo: "Cuando muera, voy a volver y ser un fantasma. Y por las noches te voy a ir a jalar los pies... y te voy a sacar la bombachita" Los hielos chocaron contra el vidrio del vaso y el sonido invadió la casa. Gabriela rió, y rieron todos juntos. Después hablaron de la vida rutinaria y los pocos momentos en que se sentían vivos. Pero todos quedaron pensando en la muerte, sin rostro pero con respeto.
Rodrigo se encontró con la muerte dos años después y descubrió que sí tenía rostro, aunque lo recién descubierto se lo llevó a la tumba como un gran secreto. Gabriela la encontró veinte años después, peinando sus canas frente al espejo. "Te esperaba" le dijo Gabriela. Y se fue. Tan pendiente de la muerte que se olvidó de la vida, Julián murió mucho antes que sus amigos, pero él no se enteró y continúa caminando hacia el trabajo todos los día. Y todos creen que está vivo. Julián continúa esquivándola en cada esquina, todos los días.
agosto 2011- 25 de mayo 2012
Rodrigo había perdido a sus padres en un accidente, pero él era niño y ya no recordaba sus rostros. Por eso comentó: "La muerte no tiene rostro. Y llega por la espalda" Nadie respondió a este comentario. Nombraron a Víctor Sueiro y su vuelta de la muerte, entonces la charla perdió la seriedad con la que se la trataba. Nada peor que hablar seriamente de la muerte.
Gabriela planteó que a la muerte se la debe respetar. "Hay gente que no respeta la vida, mucho menos va a respetar la muerte", dijo Julián. Gabriela ni lo miró. Hubo silencios, como si la muerte estuviera presente o como si la vida quisiera ausentarse. El ambiente, entre el humo y los tragos, se tornaba sombrío un viernes por la madrugada. A Julián no le gustaba hablar sobre la muerte y mucho menos respetarla. "La muerte no respeta, ¿por qué deberíamos respetarla nosotros?", pensó Julián y terminó diciendo: "Cuando muera, voy a volver y ser un fantasma. Y por las noches te voy a ir a jalar los pies... y te voy a sacar la bombachita" Los hielos chocaron contra el vidrio del vaso y el sonido invadió la casa. Gabriela rió, y rieron todos juntos. Después hablaron de la vida rutinaria y los pocos momentos en que se sentían vivos. Pero todos quedaron pensando en la muerte, sin rostro pero con respeto.
Rodrigo se encontró con la muerte dos años después y descubrió que sí tenía rostro, aunque lo recién descubierto se lo llevó a la tumba como un gran secreto. Gabriela la encontró veinte años después, peinando sus canas frente al espejo. "Te esperaba" le dijo Gabriela. Y se fue. Tan pendiente de la muerte que se olvidó de la vida, Julián murió mucho antes que sus amigos, pero él no se enteró y continúa caminando hacia el trabajo todos los día. Y todos creen que está vivo. Julián continúa esquivándola en cada esquina, todos los días.
agosto 2011- 25 de mayo 2012
viernes, 18 de mayo de 2012
Gente que esquiva gente
El perro huyó, se
escondió dentro de una garita. Yo lo vi a través del vidrio del
colectivo. Era negro, con manchas blancas. O blanco con una gran
mancha negra. Primero agachó las orejas y comenzó a trotar,
buscando el refugio. Cuando lo halló, levantó las orejas y corrió
con confianza. Yo lo veo a través de un vidrio. Pero el de al lado
lo mira a través de dos vidrios, porque usa anteojos. Yo quiero
anteojos. El colectivo sigue su ruta y el perro se va haciendo más
chiquito hasta perderse por siempre en la garita. El de al lado, el
de los anteojos, me mira porque le miro los anteojos. Le muestro los
dientes en una mueca exagerada, se horroriza y se cambia de lugar.
Más espacio para mí.
La lluvia empañó los
vidrios. Yo quería seguir mirando la ciudad, ver a la gente
refugiarse, tratando de meter la cabeza en sus camperas, como si
fueran tortugas. O con sus paraguas. Yo quiero un paraguas. E imagino
que el viento las remonta y vuelan como la Poppins. Que vuelan
alrededor del Chenque y los demás cerros de Comodoro. Y escribo en
el vidrio “Que la gente vuele” Y la gente me mira extrañada, de
reojo, por mi acto. Y de nuevo la mueca, pero esta vez un poco
avergonzado. Y me cuelgo pensando y soñando con que el Chenque y los
demás cerros son caparazones de tortugas gigantes que el tiempo
cubrió de tierra, y que un día esas tortugas despertarán, después
de mil años de invernar, y se sumergirán en el mar. Y el mar
hundirá a Comodoro. Las tortugas gigantes despertarán y lo hundirán
todo. Y ya no habrá muecas en los colectivos. Y sonrío, queriendo
que ese día sea hoy.
El colectivo frena en
la Avenida Rivadavia, frente a Jumbo. La gente camina apresurada,
esquivando gente. Gente que esquiva gente. Yo la miro a través de un
vidrio, mientras espero que los demás bajen. A fuera llueve y el
viento sacude a la gente, y la gente a la ciudad. Y espero que un día
nos cansemos de pelear contra el viento y aprendamos de una vez por
todas a volar. Y sonrío, queriendo que ese día sea hoy. Mientras
lucho contra el viento y esquivo gente que sonríen con muecas
exageradas.
23 de febrero- 18 de
mayo de 2012
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