viernes, 16 de marzo de 2012

El beso frío del cañón


Rosa salió de Caleta Olivia a las dos y cuarenta y cinco minutos de la madrugada. El cielo todavía estaba oscuro. Se había levantado a las doce y media. Se bañó, preparó café y desayunó, siempre atenta a la hora. Volvió a preparar café y lo volcó en un termo. Preparó todo y lo acomodó en el asiento trasero se su Gol gris. Volvió a meterse a la casa solo para mirarse al espejo: una mujer de 37 años, con el pelo teñido de rubio pero que ya asomaban las raíces negras. “Cuando vuelva tengo que volverme a teñir”, pensó Rosa y salió de casa. Arrancó el coche y salió rumbo a Comodoro Rivadavia, por la Ruta 3. Chocó a las tres y veinte. Faltaba poco para llegar a la ciudad.

Roberto salió de Comodoro Rivadavia a las tres menos diez de la madrugada.  Se había levantado a las doce para prepara todo. Tomó una pava de mates acompañado de cuatro medialunas. Tenía que tomar un remís hasta el galpón de la cooperativa en la que trabajaba. Hacía una semana que había conseguido el trabajo. Manejaba un camión de carga, con un tráiler atrás en el que iba la mercadería. Roberto no tenía autorización a preguntar qué es lo que transportaba, aunque ya le habían dicho qué era aquello que lo acompañaba todo el viaje.  Nunca se animó a comprobarlo con sus propios ojos. Pero necesitaba el trabajo, la paga era más que buena.  Su trabajo consistía en llevar la carga hasta otro galpón, en Puerto Deseado. Dejaba el camión ahí y debía volver después de tres horas a retirarlo. Otros hombres se encargaban de descargar el tráiler. Aunque él nunca vio el rostro de ninguno. Después de eso, volvía tranquilo por la Ruta 3. Y ese era otro día laboral. El último de su vida. Pero esto, Roberto todavía  no lo sabía ¿cómo podría saberlo? Antes de salir, besó la frente de Hugo, su hijo de ocho años y de Martita, la nena de seis. Ellos ni se enteraron. Después besó la boca de su mujer, Clara, que entre sueños le dijo: “Cuidate, mi amor”.  Cuando el remís lo dejó en la puerta del galpón de la Cooperativa, Roberto bajó nervioso. La noche estaba oscura y fría. Parecía invierno pero no lo era. Subió al camión y tocó debajo del asiento para comprobar si estaba el seguro. “Mi seguro”, le decía Roberto al arma que llevaba debajo del culo. Roberto se encontró en una curva con Rosa, a las tres y veinte.

A lo lejos se oía el mar. Después todo era pampa. Y yuyos. La noche era oscura y fría. En una curva se encontraron Rosa y Roberto. El choque dañó el auto, aunque no fue tanto si se tiene en cuenta la diferencia entre los vehículos. Rosa salió ilesa del auto, pero asustada. Había visto el camión a último momento y en su mente se vio mutilada dentro del auto abollado. Pero el choque solo había dañado la chapa y uno de los focos delanteros. Miró el camión, inmenso, titánico y sin un rasguño. Rosa corrió hasta la cabina del camión y se encontró con Roberto, que bajaba de él. “¿Esta bien?”, le preguntó Roberto antes de que Rosa pudiera hablar. “SÍ. ¿Usted?” respondió Rosa. Los dos estaban bien. Rosa habló del seguro, de llamar a la policía. Roberto se negó enseguida. “La policía. No puede venir la policía”- repetía una y otra vez, una voz dentro de su cabeza. “Señora, si es por el arreglo, yo se lo pago”- dijo, Roberto, sin pensar casi en lo que decía. Sabía que debía evitar que llamara a la policía. La policía siempre significa más problemas. “Señora, yo tengo plata en el camión. ¿Cuánto cree que va a necesitar?” Rosa lo miró y vio la cara de un hombre asustado, aterrado. Sin embargo la voz era natural. “Señor, es necesario llamar a la policía. Yo tengo seguro, no se preocupe”, dijo Rosa, sin quitarle los ojos de encima. Y caminó hasta su auto, apresurada, a buscar el celular en su cartera. Se alegró cuando vio que tenía señal.

Roberto se dio cuenta que la mujer lo observaba. Se dio cuenta que la mujer sospechaba algo. “Se dio cuenta de todo. ¿Qué hago? No puede venir la policía. No puede venir la policía, Roberto. Hacen llorar a los niños, los policías hacen llorar a los niños. No puede venir la policía, Roberto. Van a descubrir tu trabajo. Van a mirar la carga. La muy puta va a joderlo  todo. La muy puta los va a llamar y ni siquiera está golpeada. Por su auto de mierda, va a joderlo todo, Roberto. Tu seguro, Roberto. Vos también tenés seguro… Mi seguro”, pensó Roberto, mientras caminaba a la cabina del camión. Su seguro lo esperaba bajo el asiento. Y cuando sus dedos tocaron el cañón, Roberto sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. El beso frío del cañón que besó sus dedos.

Sobre la Ruta 3 no pasaba ningún vehículo, como si el tiempo se hubiese detenido. Rosa observó a Roberto desde su auto. Lo vio caminar tambaleándose hasta su camión. Por un momento pensó que se iba a dar a la fuga, pero el hombre se había encerrado en la cabina. ¿Hacías cuánto? Ya habían pasado unos cuantos minutos, pensó Rosa. Bajó del auto y caminó hasta la cabina. Llevaba el celular en la mano y estaba atenta a no perder la señal. “Señor, tengo señal. Voy a llamar a la policía. No se preocupe que todo se va a solucionar”, dijo Rosa, hablando a la puerta de la cabina, porque no lograba ver al hombre. “Señor, ¿está bien?”, preguntó. No hubo respuesta. “Voy a llamar”, dijo Rosa y comenzó a marcar. Rosa habló con un policía, le explicó todo a las apuradas y le indicó el lugar donde se encontraban. “Señor, mi nombre es Rosa. La policía viene en camino, no se preocupe”. Y escuchó un gemido. Como de un niño llorando.

Roberto escuchó pasos y se tiró sobre los asientos, luego escuchó la voz de la mujer. Le decía que los iba a llamar. Lo amenazaba, creía él. Le decía que no se preocupara, pero Roberto temblaba entre los asientos, tenía miedo, tenía ganas de llorar. Y lloró. Lloró como un niño con el arma en las manos. Como un niño armado. Lloró cuando la escuchó hablando con el policía. Lloró y se le escapó un gemido cuando ella le confirmó que estaban en camino. “La muy puta lo jodió todo. Pero todavía estás a tiempo, Roberto. Tenés tu seguro. Usalo. Usalo y huyamos de acá. Vamos a seguir con el trabajo y después volvemos a casa. Antes de que venga la policía. Usa tu seguro… Pero ella no tiene la culpa”, pensó Roberto, y siguió llorando, tratando de no pensar. Roberto miró el agujero del cañón y lo llevó hasta sus labios “No, Roberto, todavía tenés tiempo. Huyamos” Afuera se oían las sirenas y las olas del mar. Las sirenas y el mar. “Ya están acá”, dijo la mujer a fuera. Y Roberto sintió el beso frío del cañón en su boca. La cabina se impregnó de olor a pólvora y los sesos de Roberto decoraron el techo de la cabina. Rosa dijo que después del disparo oyó a un niño llorar.

Rosa miraba hacia la ruta, oía las sirenas pero también las veía a lo lejos. “Ya están acá”, dijo Rosa. Y en la cabina explotó una bomba. Rosa gritó y se tiró al suelo, convencida de que había sido una bomba. Pero a los pocos segundos se atrevió a mirar, y la cabina parecía intacta. “Fue un disparo. Se mató”, pensó. Dos policías bajaron del patrullero. Se dirigieron a la cabina y abrieron las puertas. El hombre yacía en un charco de sangre. Le faltaba una parte de la cabeza. Rosa gritó: “Hay un niño ahí a dentro”, convencida de lo que decía. Los policías buscaron y le pidieron que se calmara. Rosa lloraba, no lograba entender lo ocurrido. Los policías volvieron y le dijeron que en la cabina no había nadie más. “Vamos a abrir la puerta de atrás, señora. Le pedimos que nos espere acá” pero Rosa los siguió. Rosa vio cómo desenfundaban sus armas. Y vio que tenían miedo, al igual que ella. Uno de los hombres abrió las puertas de la caja. Y era una caja del infierno. Rosa se desmayó al ver los pequeños pies y manos sucias y desnudas de aquellos niños. Eran cientos de cuerpitos amontonados en aquella caja. Y ninguno lloraba. Ninguno tenía vida.

Rosa despertó en la cama del hospital de Caleta Olivia. Le dijeron que se había quedado dormida en la ruta y que sufrió un golpe en la cabeza. Su auto estaba estacionado en la puerta de su casa. Allí lo encontró Rosa, dos días después que le dieron el alta. Pero hay un llanto que por las noches no la dejan dormir. Y hay piecitos y manos que le golpean la frazada cuando ella llora debajo de ellas, escondida y aterrada.

08 de febrero – 16 de marzo de 2012

viernes, 9 de marzo de 2012

¿Y qué es lo que vale la pena?


¿Por qué memorizamos tantas cosas que no valen la pena? Una vez un amigo me preguntó por qué se dice “no vale la pena” Es algo que yo nunca me pregunté. No recuerdo qué le respondí en aquel momento. El último tango en París vale la pena. Tiene diálogos únicos, escenas inolvidables como cuando él le reclama a su mujer, la suicida, que es una perra, y la insulta y le reprocha todo para luego terminar llorando y confesando que la ama, que realmente la amó, y llora sin consuelo, y le quita el maquillaje y las flores que la rodean porque ella no se pintaba, todo eso era una creación de la madre, le dice, un fracaso que creó la madre, que ideó ella a su imagen y semejanza… porque a lo mejor los padres, con la mejor intención y sin darse cuenta, intentan criarnos (crearnos) y nos llevan al fracaso. ¿Cuántas personas estarán solas en este momento, en esta ciudad? ¿Cuántos fracasados? ¿Cuánto ebrios estarán disfrutando de su borrachera?... ¿Y ella?, ¿Qué estará haciendo ella? ¿Estará acompañada? Seguramente lo esté, pero eso ya no importa… ¿Y qué es lo que importa en este momento?... ¿Y qué es lo que vale la pena? “La vida sigue” dijo un amigo, pero no me dijo cómo se sigue… porque a veces no se sabe cómo seguir, para dónde agarrar cuando todo se ve nublado, a lo mejor por los ojos empañados… a lo mejor porque todos los caminos se cerraron y no conducen a nada… o conducen todos a un mismo lugar… ¿Cuántos cigarrillos fumé hoy?... Eso no importa, tampoco… El gato comió tres veces… ¿Todos los suicidas tienen un gato? No, los suicidas fracasados tienen un gato. Los suicidas exitosos tienen un perro... Ella no tenía gato, tenía un perrito chiquitito… Le había gustado el arroz con leche de mi mamá… Y siempre estaba sonriente… creo que es lo que más recuerdo de ella: su sonrisa… Y al igual que Marlon Brandon en la película, yo la insulté y me enojé porque no entendía el por qué, como no entiendo el por qué de todo esto… de la vida… Pero ahora la entiendo un poco más, a ella, la suicida, no a la vida… Al final no éramos tan diferentes como pensaba…  ¿todos sonríen para no mostrar lo que realmente les pasa?... Porque veo a los demás y los veo felices, como la veía a ella… hasta que lo hizo… ¿Qué fue lo último que pensaste?... ¿Por qué las canciones exageran respecto al amor? ¿Realmente se siente así cuando se ama? ¿O todos se pusieron de acuerdo y se impuso que para hablar de amor se debe exagerar?... ¿Se murió alguien de amor alguna vez?... Porque en realidad hay gente que se matan por amor, pero no es el amor el que los mata… porque el amor no mata, no tiene ese poder… ¿o sí?... ¿Y por qué todo está ligado al amor?... Pero es mentira, el tiempo no borra nada… los recuerdo siempre vuelven y siguen doliendo como antes… o más. ¿Cuántas cosas llegan y se van?... amigos, conocidos, ¿amores?... No, nunca amé y a lo mejor ese es el problema… no saber lo que realmente es el amor… Otro cigarrillo… no quiero fumar tanto pero la situación lo amerita, o me convenzo de eso… ¡qué más da!... ¿Cuánto de lo que siento es verdad?... A veces pienso que muchas de las cosas que me pasan me las invento aunque no sé con qué fin. Pero igual duelen… Un día hablando con un amigo le planteaba que mi mente no puede recordar más allá de mis cinco años, a lo mejor por lo sucedido en esa edad, a lo mejor porque desde ese momento estoy mal… me hicieron mal… Veo una foto en la que tengo no más de dos años y no me reconozco, yo no soy ese bebé y por más que mi madre me cuente de mis comportamiento a esa edad, mi mente no logra imaginarme así, porque siento que eso no lo viví… ¿uno vive lo que su mente recuerda?... La mayoría de mis recuerdos son momentos tristes en los que sufrí… ¿Por qué sólo tengo esos recuerdos?... La pobreza extrema, la discriminación, los rechazos, las palabras que ya desde chico dolían y dañaban… los gestos y miradas que me marcaron la vida…. Creo en el poder de las palabras… Todos me dañaron de alguna forma, y muchos sin la intención de hacerlo… La fragilidad… eso es lo que más lamento de mi personalidad… lo frágil que soy, aunque nadie lo sepa… Mis padres, mis hermanos, mis amigos… todos, en cierta forma me marcaron la vida pero también me dañaron y me siguen dañando… ¿y yo? ¿A cuántas personas dañé sin querer? ¿Cuántas personas han llorado a escondidas por mis palabras, por mis gestos?... El perdón no sirve… el perdón no cura porque el daño ya está hecho, porque ya está el recuerdo almacenado en la mente… eso lo sé…  ¿Los sueños son la excusa que nos inventamos para mantenernos vivos?... ¿Por qué pienso en todo esto?... ¿Por qué pienso así? ¿Por qué escribo esto si no vale la pena? ¿Y qué es lo que vale la pena? El arte. El arte vale la pena.

19 de abril de 2011

viernes, 2 de marzo de 2012

Lo que pensé camino a casa

La cita era a las once, pero llegué media hora antes para poder tomar algunas cervezas solo. El viaje en colectivo hasta el centro fue un infierno. El colectivero andaba mal cojido y se llevaba por delante todos los baches de Comodoro. Casi no hay calle sin pozos en esta ciudad. Me había retirado temprano de la universidad, resigné una cursada para tener tiempo para bañarme, afeitarme y cambiarme. Prendí un porro pero solo le di dos o tres pitadas para disfrutar el viaje hasta el centro. Y armé otro para la vuelta. Me puse un jeans, una camisa y zapatos negros. No quería mostrarme demasiado entusiasmado. Que fluya, me dije. Pero ya estaba nervioso. Y cuando estoy nervioso me da por mear. Siento que voy a mear como cuando tomo cerveza, voy al baño, la saco y solo largo unos chorritos insignificantes. Pero a los diez minutos ya tengo ganas de mear de nuevo. Llegué al restaurante donde había quedado en encontrarme con Silvia, que por fin me había aceptado una invitación después de tanto insistir. Estaba buena. Me calentaba. Morocha, con sus pechos medianos pero firmes, su cintura pequeña y su hermoso culo. Un paso y se le movía el cachete. Otro y volvía a rebotar. A veces, cuando pasaba delante mío parecía que lo movía más, a propósito, sabiendo que la miraba. Y se me ponía dura, siempre. El restaurante era una cagada pretenciosa, grande al pedo, con una decoración horrible. Cuadros con líneas rojas, círculos negros y unos dibujos de sombras. Pretendía ser pop pero resultaba ser una mierda. Y estaba por todas las paredes del lugar. Me senté en una mesa, alejada de los ventanales. Parecía una pecera gigante y no quería ver la gente en la calle. La moza no tardó en llegar. Un par de piernas largas y flacas salían debajo de un delantal negro con rayas rojas. Me preguntó si quería la carta. Le dije que más tarde, que esperaba a alguien. Y pedí una cerveza. Mientras esperaba, miré a mí alrededor. En la barra había un grupo de hombres bebiendo y riendo como si hubiesen escuchado el mejor chiste de sus vidas. Dos mesas a la derecha había una pareja que discutía. Ella le reprochaba algo. Él ni la miraba. “mirame cuando te hablo”, alcancé a oír, y me aburrió el tono con el que lo dijo. Una escena más en la noche. La moza trajo la cerveza y le pregunté dónde quedaba el baño. Al pedo, no meé casi nada. Me miré al espejo. Los ojos rojos. Me acomodé el pelo y la camisa y volví a salir. La primera cerveza la vacié enseguida. Pedí otra señalándole la botella a la moza. Me dejó la segunda en la mesa y se llevó la botella vacía. Miro la hora: menos cuarto. No conozco la música que suena pero mis dedos tamborilean contra la mesa igual. Prendo un cigarrillo. Le doy dos pitadas y se acerca la moza. “No se puede fumar acá”, me dice. Le digo que ya lo apago y le doy dos pitadas seguidas. Se queda esperando a que lo apague. Le pregunto el nombre: “¿Cómo te llamás?”, le digo, mientras apago el cigarrillo en el piso. “¿Va a querer otra cerveza o te traigo la carta ahora?”, me responde. Me sonrío. No me tutea y debemos tener la misma edad. Si es que ella no es mayor. Al final pido otra cerveza. ¿Para qué quiero saber el nombre? Antes de que vuelva con la cerveza me levanto y voy de nuevo al baño. Me acomodo en el tercer mingitorio, la saco y largo unos chorros. Llega uno de los flacos de la barra y se instala en el mingitorio continuo. Me corta el chorro. Siento que me mira. Me pongo nervioso. No lo miro. Guardo y me lavo las manos mientras me miro al espejo. Los ojos rojos. Veo que viene el flaco. Alto, morocho, pelo corto, de unos veinticinco años. Me mira disimulado. Me hago el desentendido y salgo. Cuando llego a la mesa me esperaba la cerveza, y dos mesas más allá, Silvia. La veo y me dan ganas de mear. Agarro la cerveza y me cambio de mesa. Se sorprende cuando me ve. Que dónde estaba, que si había llegado hace mucho, que cómo estaba. No la noto nerviosa. Yo estoy que me meo. Se acerca otra moza, pero no llama mi atención. Miro para atrás y descubro que la moza a la que le pregunté el nombre me mira desde el costado de la barra, y tres pasos más a atrás, el flaco del baño me mira y sonríe. Vuelvo a mirar a Silvia, que se quita la campera y descubría sus pechos escondidos detrás de una remera que ya le había visto puesta en la uni. Y yo de camisa, como un boludo. Ganas de mear. Pide un trago mientras estudia la carta para decidir qué va a comer. Apuro la cerveza y le hago señas a la otra moza. La primera. La que me interesa. Me trae otra, pero ni me mira. Al final Silvia se pidió un plato con un nombre extraño y yo pedí un bife con papas, pensando en la plata que tenía para gastar. Había invitado yo. Había insistido yo. Y yo iba a pagar. La conversación fue fluida hasta que Silvia se colgó contándome un sueño que tuvo la noche anterior. Tuve que hacer esfuerzos sobrehumanos para mostrarme interesado y para tratar de seguirle el hilo, tratar de saber cuándo asentir o sonreír, y de vez en cuando le tira una pregunta, “¿y vos que hiciste?”, “ah, claro”, “no, qué bueno”. Me salvó la moza que trajo la comida. Me disculpé y fui al baño. No miré para ningún lado. Directo al baño. Meé relajado y cuando me estaba lavando las manos, entra el flaco de la barra. Me mira y pasa para los mingitorios. Una pared nos separaba y desde ahí me dice: “Flaco, ¿no tenés un cigarrillo?” Tenía, pero los había dejado en el bolsillo de la campera. “Acá no, los dejé en mi campera” le dije, y salí. Comimos. Silvia llevó la conversación casi sin problema lo que duró la cena. Durante toda la noche descubrí que la moza me miraba desde la barra. Y el flaco también. Silvia me pregunta dónde está baño. Le indico y la veo ir. El jean le marca el culo como a mí me gusta que le marque. La miro y tengo una erección. Entra al baño y le hago seña a la moza. Se acerca directamente, sin traerme la cerveza. “¿Me llamabas?” ¿Qué onda? ¿Qué hago? “Sí. ¿Me traes otra cerveza?”, digo, mirándola. Disimulando mi erección y mis ganas de mear. Se va y vuelve con la otra cerveza. “Carla me llamo”, me dice y se va. Me meo, pero me aguanto. Se acerca el flaco. “¿Me convidás un cigarrillo?” ¿Qué onda? ¿Qué hago? “No se puede fumar acá”, digo, mirándolo. “Ya sé. Es para la salida” Le convido el cigarrillo. “Gracias. Luciano, un gusto”, dice, estirando la mano. Le estrecho la mano y la veo a Silvia que vuelve del baño. El flaco se va. Silvia mira la hora. Una menos cuarto. Le pregunto si va a querer postre. Me dice que no, que en un rato la pasaban a buscar para ir a un cumpleaños. A partir de ahí me aburre casi todo lo que me dice. Y me siento más ridículo que nunca con la camisa y los zapatos. Le llega un mensaje de texto. Me dice que la están esperando y me pregunta si quiero que me alcancen a algún lado. Le dije que no. Nos despedimos ahí después de que hizo un amague para pagar la mitad de la cuenta. No se lo permití. “La próxima pago yo”, dijo sonriente. Pero creo que ella ya sabía que no iba a haber una próxima. Nos saludamos con un beso en la mejilla y la vi irse. Me encantaba verla ir. Cuando no la perdí de vista miré a la barra. No estaba la moza. No estaba el flaco. Pedí la cuenta. Mejor ni les cuento. Antes de irme pasé al baño y meé largos chorros. Y salí a la calle ebrio. Llovía. Haciendo reparo con la campera prendí el de la vuelta. Y volví. Volví a casa, caminando bajo la lluvia de Comodoro. Mejor ni les cuento todo lo que pensé camino a casa.

27 de febrero – 02 de marzo de 2012

viernes, 24 de febrero de 2012

Hubo una vez




Hubo una vez una chica a la que amé
La saqué a bailar y le pisé los pies
Me dijo al oído “si me volvés a pisar te pego”
Y yo me reí, escondiendo mi rostro en su pelo

Hubo una vez una chica a la que amé
La invité al muelle y le toqué la piel
Me dijo al oído “si me volvés a tocar te pego”
Y yo me reí, escondiendo mi rostro entre sus dedos.

Hubo una vez una chica a la que amé
La invité a mi casa y la desnudé
Me dijo al oído “Hacelo de nuevo”
Y yo me reí, mostrando mi cuerpo

Hubo una vez una chica a la que amé
La invité a volar y a soñar
Me dijo al oído “No te quiero”
Y yo me reí creyendo que era un juego

Hubo una vez una chica a la que odié
La invité a bailar y salté sobre sus pies
Me dijo al oído “estás muerto”
Me pegó una trompada y quedé en el suelo
Y yo me reí creyendo que era un sueño

Hubo una vez una chica a la que amé
Nos volvimos a cruzar muchas veces
Pero siempre en silencio
Y yo aún me río de mis recuerdos



24 de febrero de 2012

viernes, 17 de febrero de 2012

La lágrima roja


Carlos Herrera murió. Lo encontraron tirado en la ducha de su casa. El cuerpo mostraba mordeduras en los brazos y las piernas, pero sobretodo en el glande y los testículos. Murió mientras se preparaba para bañarse. Su cuerpo sin vida fue retirado por el padre y uno de los hermanos que cubrieron sus partes púdicas. Nunca le contaron a la madre que a Carlos le faltaban los ojos.

La casa era antigua, de tejas descoloridas con signos de que alguna vez fueron verdes. Una escalera caracol conectaba los dos pisos. A Carlos lo encontraron en el baño de arriba. La cortina de baño había sido arrancada por el propio Carlos cuando trató de evitar la caída. Pero fue en vano. Cayó con todo el peso y la nuca dio contra la canilla haciendo que se desprendiera un azulejo que dejó descubierto un agujero en la pared. De ahí salieron las ratas.

La sangre comenzó a esparcirse por la ducha y no paró hasta llegar hasta al sumidero.  El olor de la sangre se mezcló con el del shampoo, y eso fue lo que olieron las ratas. Las primeras en bajar eran ratas medianas, de colas largas que omitían un pequeño ruido al rozar con la bañera seca. Se acercaron discretamente, con el oído atento. Carlos yacía boca arriba atravesado en la ducha. Los pies colgaban de la bañera. La sangre le chorreaba de la nuca y ya había manchado la espalda y se escurría por los brazos. La primera gota que saboreó una rata, la lamió del dedo pequeño de la mano izquierda. La sangre pintaba la uña pequeña cuando la rata pasó su lengua diminuta, dejándola repentinamente limpia. Después se sumaron otras ratas. Y ya no pudieron parar.

La casa había sido de la abuela. Quedó abandonada por muchos años cuando murieron los abuelos. Hacía casi veinte años que esas ratas anidaban ahí, en la casa. Casi veinte años que la casa les pertenecía. Hasta que Carlos Herreras decidió independizarse y pedirle la casa a los padres. Él se encargaría de la reparación de a poco. Pero no tuvo tiempo. Carlos a penas había hecho la mitad de la mudanza, solo había llevado su ropa, libros, cds, revistas y algunos cigarrillos de marihuana. Su cama, que nunca llegó a armar quedó de pie contra la puerta. Después de haber dejado la última caja de la mudanza en el tercer escalón de la escalera, Carlos se sentó en otro peldaño y le envió un mensaje de texto a su novia, Marcela. “Te tengo una sorpresa”, decía el mensaje. Fue la peor sorpresa que Marcela recibiría en su vida.

En el sótano de la casa las ratas comenzaron a agitarse al tercer paso que oyeron. El primero y el segundo paso las había paralizado. Era el fin. Algo gigante caminaba sobre ellas. Al tercer paso reaccionaron y algunas huyeron a esconderse entre los nidos que habían formado con los años en todas las paredes de la casa. Desde ahí, los pasos no retumbaban tanto, pero seguían inquietas, temerosas, inseguras. Nerviosas. Algunas comenzaron a morderse entre ellas. El gigante caminó durante horas por toda la casa. Hasta que se detuvo. Las ratas que estaban en las paredes del baño quedaron paralizadas cuando cayó el azulejo. Cuando entró la luz, varias soltaron un chillido. Como un pequeño grito de auxilio. Pero Carlos no lo oyó. Carlos ya no oyó nada más.

Nunca se determinó cómo fue que Carlos Herrera cayó en la bañera. No resbaló con agua porque la ducha estaba seca. Se había desnudado antes de abrir la canilla. Incluso entró a la bañera sin que el agua corriera. Pudo haber sido un calambre. O fue simplemente la muerte que debía ocurrir. Pasaron horas y horas hasta que lo encontraron los familiares.

Las ratas fueron lamiendo la sangre de la bañera, primero. La sangre les chorreaba por los bigotes y ellas volvían a lamer las pequeñas y deliciosas gotas que pretendían escapar. Y de a poco fueron apareciendo más y más ratas. Negras. Grises. Chicas. Grandes. Gordas y peludas. A algunas les faltaba parte del pelaje y tenían marcas de mordeduras. Otras tenían la mitad de la cola. La mayoría tenia rabia. El susto había sido grande como la rabia que las poseía en ese momento. Y el gigante había caído. Una rata gorda subió por los brazos de Carlos hasta llegar al cuello. Trepó por su cara y se escabulló por detrás de su nuca. La fuente del manjar. Comenzó a morder de a poco el pelo. Se les sumaron dos ratas más y la pequeña herida que había causado el golpe, se fue abriendo más y más. Mordiscón tras mordiscón. Como les hacen a los elefantes que les trepan el cuerpo hasta entrar por la oreja para comerles el cerebro por dentro. Una de las ratas encontró un ojo, un delicioso ojo derecho. El iris celeste de los ojos de Carlos fue lo que llamó la atención de la rata. Un diamante sabroso que parecía llamarla. Primero lo palpó con su pequeña pata peluda. Húmedo. Olfateó. Olfateó otra vez. Y mordió. Nada. Volvió a morder y una ínfima gota brotó del ojo. La rata lamió el ojo. Mordió con desesperación y el ojo se desinfló. Hasta produjo un leve fuuú. Pareció derretirse en su cuenca. La rata saboreó cada parte de aquel ojo. El otro ojo no se desinfló, reventó soltando un líquido blanco, con algo amarillo y un líquido transparente. Como la clara de un huevo a medio fritar. Algunas gotas cayeron y las ratas que aún lamían la sangre de la bañera, saborearon algo nuevo. Los testículos y el grande del pene también fueron mordidos. Le arrancaron parte del glande y los testículos mostraban varios cortes. Las ratas se peleaban por el cuerpo del gigante. No alcanzaba para todas.

“Carlos” gritaron desde abajo y las ratas huyeron por todos lados. Algunas bajaron las escaleras huyendo desorientadas. El padre de Carlos pegó un pequeño grito de sorpresa y espanto cuando una rata cruzó entre sus piernas. “Carlos, ¿estás en casa?”, preguntó el padre, sintiéndose estúpido de estar un poco asustado. Gabriel, el hermano menor de Carlos alcanzó al padre en la escalera. Subieron en silencio. Cuando corrieron la puerta del baño, Carlos los observaba desde la ducha. Pero no había ojos. No había nada. Parecía sonreír. El rostro de Carlos mostraba pequeñas huellas de sangre, y de las cuencas colgaban trocitos de nervios que no alcanzaron a ser devorados. Los familiares gritaron y se abrazaron, como dos niños aterrados. Cuando el padre se acercó al cuerpo, una rata salió huyendo de dentro de una de las cuencas del ojo y se perdió en el agujero de la pared. La cola se agitó antes de perderse, como despidiéndose del manjar gigante. Una lágrima cayó por la mejilla del muerto. Una lágrima roja.

El entierro fue a cajón cerrado. Muchos ojos lloraron la muerte de Carlos, pero ninguno lloró una lágrima de sangre como la última lágrima que su padre vio. La lágrima roja de su hijo sin vida y sin ojos. La casa fue destruida al poco tiempo, pero no se encontró ninguna rata.


23 de septiembre de 2011- 17 de febrero de 2012

viernes, 10 de febrero de 2012

¿Jugamos un ratito?


Ambiguo sexualmente. Sexual Ambiguamente. Da lo mismo, si vamos para el mismo lado. Si termina en mente. Y en mi mente te bailo un rock, como me salga, te bailo cumbia, pop e incluso un reggaetón, hasta quedar en bolas. Pero no me pidas una chacarera, porque no la sé bailar. Aunque si el tinto llega a la mente, la bailamos igual. Pero juguemos al Gallito ciego mejor, así te busco hasta poderte tocar. O te vendo los ojos y me dejo tocar. Donde quieras pero si es abajo, mejor. O juguemos a Verdad-Consecuencia así mis mentiras se vuelven verdad. Así tu verdad se vuelve mi mentira, en mi mente, aunque sea un rato. Y no pensemos en las consecuencias. Hoy no. Pero como prenda pedime un beso, que hasta los dientes te besaría. Pero tócame ahí abajo. O juguemos a la mancha, así te rozo una teta, así como al pasar, casi sin querer pero queriéndolo todo. No juguemos Rayuela, que me llevó años aprenderla y cuando al fin estaba ganando, perdí. Mejor al Elástico, así  te asoma la bombachita. Y cuando leas esto espero que te rías conmigo. Cuando leas esto espero te mojes o tengas una erección. Espero que vomites o te den arcadas. Las nenas con las nenas y te sale torta. Los nenes con los nenes y te sale puto. Pero no se asuste señora, disfrutan el sexo igual. Igual que usted. No se asuste, señor, miran culos igual que usted. Miran culos en la tv salen a la calle y quieren coger. Igual que usted. En el jardín de infantes también había juegos. La maestra te llamaba y tenías que decirle al oído, en secreto, sin que nadie lo sepa,  tenías que contar qué juego habías elegido. Cuando la maestra pidió que cada uno vaya al juego elegido, el salón se dividió: las nenas a la casita, con sus muñecas y cocina, sus ollas y sartenes, que hay una familia que mantener. Los nenes a construir edificios para destruirlos después, y carreteras para pasear sus autos y chocarlos después. Fui el único en el rincón de los libros. Sentado en una silla minúscula, hojeando cuentos de animales, sin comprender las palabras aún. Cuando pedí cambiar de juego, no me lo permitieron. “Vos ya elegiste tu juego” sentenció, como marcando mi destino. Pero esta noche me cago en el destino. ¿Te cagás conmigo? Aunque aún estén los libros. Aunque aún esté solo en un rincón. Esta noche, cagate conmigo, en el destino y en las consecuencias. Y como prenda te toca tocarme ahí abajo. Pero juguemos al fútbol, mejor. Así no se sospecha, que a la gente le molesta. Aunque si te apoyo un poquito, como al pasar, sin querer pero queriéndolo todo, o si te traspira la camiseta se me para y no quiero parar. Y cuando leas esto reíte de mí. Pero avísame y nos reímos juntos. Porque la maestra no me dejó volver a elegir. Y ahora ya no quiero elegir. Y es la mente la que me lleva a escribir. Y es lo único que sé hacer. Mal o bien, es lo único que sé hacer. En un rincón, solo. Y escribo en la calle, mientras ellas pasan. Y escribo en el colectivo, mientras ellos pasan. Y miran, extrañados, queriendo encasillar. Pero seguime el juego que te vas a divertir. Y si gano quiero tus pechos pero más tu cola pero más tu boca pero más tu cuerpo entero. Entre la parada y el colectivo salió esto. Y cuando lo leas quiero que vomites conmigo. Y juguemos a algo, pero esta vez cambiemos las reglas a mi antojo. Juguemos hasta la náusea. Juguemos hasta acabar, que un  orgasmo nunca viene mal. ¿No, señora? ¿No, señor? Juguemos a que te sacabas la bombachita rosa. Juguemos a que te sacabas el calzoncillito celeste. Juguemos, que el nene jugó con nenas. Juguemos, que el nene jugó con nenes. Ambiguo. Ambiguamente sexual. Sexualmente ambiguo. Pero ¿Jugamos un ratito?



9 y 10 de febrero de 2012

viernes, 3 de febrero de 2012

Cuando el reloj decida decirnos la verdad



PERSONAJES
Doña María
Jimena
Don Carlos Oyarzo

ACTO PRIMERO

 (La casa es chica, hay una mesa de madera con cuatro sillas también de madera, un mueble con algunos libros y una radio vieja, un sillón, un reloj de pare, de un lado y un cuadro con la foto de Don Carlos Oyarzo un poco más allá del reloj. El reloj marca las cinco y veinte de la tarde desde hace años. Jimena, una nena de diez u once años, con un vestidito celeste y dos trenzas a los costados, está sentada y sobre la mesa tiene revistas, recortes y una tijera. Entra Doña María, con una pollera larga, un suéter  y un chal sobre los hombros. Canosa y media encorvada camina paso a paso hasta sentarse en el sillón)

Doña María.-La casa está diferente, ¿te das cuenta?

Jimena.- (sin apartar los ojos de lo que recortaba y bajito, como para ella misma) Ya empezamos…

Doña María.- ¿¡Lo qué!? ¿Qué decís, Jimena?

Jimena.-Que la casa está igual, que yo  no moví nada…

Doña María.- Pero yo no me refiero a eso… ¿o vos te crees que yo soy tonta y no me doy cuenta que los muebles están igual desde hace años?... Yo me refiero a otra cosa, Jimena… (Mirándola) Pero qué vas a entender vos, mirá.

(Silencio. Sólo se oye el ruido que hace la tijera mientras corta el papel. Jimena hace ruido con la nariz, metiéndose los mocos para adentro)

Doña María.- ¡y vaya a sonarse la nariz, carajo! Todo el día con esas revistas y esa tijera, me supongo que al menos es para el colegio, me supongo yo. Mire la hora que es. Pusiste la pava?

Jimena.- ¿la pava, para qué?

Doña María.- ¿cómo para qué? No ves que van a ser las seis… A las seis se toma el té, ¿o no sabés vos acaso?

Jimena.- Ahora preparo el té, abuela.

(Jimena ordena las revistas y las deja sobre el mueble con libros. Después se va a preparar el té. Doña María se queda mirando el reloj. Suspira)

Doña María.- Yo también soy más tonta… ya estoy vieja, eso pasa... Qué va a saber la pobre criaturita de lo que yo le hablo. Pero está distinta. (Mira el reloj y después el cuadro) Está distinta (susurra al cuadro. De fondo se oye el ruido de tazas y cajones que se abren y se cierran. Jimena pregunta fuera de escena)

Jimena.- ¿Va a querer pan con manteca y mermelada o con manteca y dulce de leche?

Doña María.- ¡No me hables de allá que no te escucho, Jimena! Lo hacés para hacerme gritar.

Jimena.- (asomándose) ¿Qué va a querer para el té, abuela?

Doña María.- ¿Qué hay?

Jimena.- Manteca, mermelada y dulce de leche.

Daña María.- ¿Mermelada de qué?

Jimena.-De durazno o ciruela.

Doña María.- Ciruela, como le gustaba a tu abuelo (se miran y se sonríen)

(Jimena sale de escena. Doña María vuelve a mirar el reloj y la después la foto)

Doña María.- A veces, por las noches, te escucho cuando me hablás.

(Se levanta y se sienta en la mesa. Jimena trae las tazas y todo el resto. Toman el té en silencio. Desde la radio se oye la voz de Don Carlos Oyarzo. Una voz apaciguada y masculina)

Don Carlos.- Vieja, no le pongas tanta azúcar que te hace mal

Doña María.- Solo una cucharadita

Don Carlos.- pero si ya vas a comer mermelada

Doña María.- ¡Una sola, dije!

Jimena.- Y si yo no dije nada.

Doña María.- Usted cállese que estoy hablando con su abuelo.

Jimena.- Abuela, el abuelo murió hace años.

Doña María.- ¡cállese, le dije!

Don Carlos.- No le hables así, María. Es una niña, nomás. Y ya falta poco.

Doña María.- Bueno, entonces no hablemos más hasta ese día. No la dejan a una tomar el té tranquila.

(Jimena mira a su abuela pero no dice nada. Toman el té)


Telón


ACTO SEGUNDO

(La misma casa, solo que ahora se ve más oscura. El reloj sigue marcando las cinco y veinte. Jimena está sobre la mesa recortando las revistas. Doña María sentada junto a ella. Toma uno de los recortes)

Doña María.- Esta está linda. ¿Cómo se llama?

Jimena.- Es la misma que la de recién. Solo que acá está rubia.

Doña María.- ¿La gallega?

Jimena.- No, la australiana

Doña María.- Ah. No me gusta,  entonces.

(Se levanta y se sienta en el sillón. Jimena continúa recortando)

Jimena.- Se va a quedar dormida, abuela ¿Por qué no se va a acostar? Ya es tarde.

Doña María.- ¡Lo que faltaba! ¡Que una mocosa me mande a acostar!

Jimena.- Bueno, si no quiere no. Pero se va a quedar dormida, como siempre.

Doña María.- Usted siga recortando nomás, que si me duermo, me duermo y listo. Tanto lío por nada. Y prenda la radio así cada una está en lo suyo. Pero si me duermo y es tarde me despertás, eh.

(Jimena prende la radio y se vuelve a sentar. Suena una zamba que poco a poco va perdiendo volumen mientras va bajando la luz que ilumina a Jimena hasta quedar completamente a oscuras. A su vez una luz ilumina a Doña María que se va quedando dormida en el sillón. Se apaga la luz unos segundos y el escenario queda a oscuras. Cuando se vuelve a encender, se la ve a Doña María de pie, junto al sillón sin que se ilumine la mesa de atrás. Doña María observa al público, como buscando a alguien)

Doña María.- Se me fue… ¿Hace cuánto? (mira el reloj que acaba de ser iluminado) Ya ni sé del tiempo. 
Ese reloj nos mintió toda la vida. Ese reloj nunca dijo la verdad. (Se apaga la luz del reloj y ahora se ilumina el cuadro) Pero a veces lo escucho hablar. Me dijo que me viene a buscar. ¿Y yo con quién dejo a la criatura? Si apenas sabe preparar el té. Si lo único que sabe hacer es recortar fotos de actrices y soñar que ella es una gran actriz. No la puedo dejar ahora. Unos años más, le dije a Carlos, pero él me dice que no hay tiempo, que es ahora. Unos años más, por favor.

(Don Carlos, un anciano vestido de traje y corbata, se pone en pie entre el público a la vez que lo ilumina una luz. Camina hasta las primeras butacas)

Don Carlos.- María, tiene que ser ahora. Después va a ser peor. No podemos jugar con la vida así.

Doña María.- ¿Y la vida puede jugar con nosotros como quiere? Carlos, ahora no puedo. Jimena me necesita.

Don Carlos.- Yo también te necesito. Ya es tiempo, María.

Doña María.- ¿Cómo se puede estar tan seguro, Carlos, cuando sabemos que el reloj miente? El tiempo nos mintió a nosotros dos, Carlos. Y la vida te llevó a vos para que yo muera acá, a pesar de que camino. La vida me dejó acá por Jimena. Y por ella me tengo que quedar.

Don Carlos.- Esta bien, María. Por eso te amé y por eso te amo, porque siempre viviste por los demás. Primero por mí, después por nuestra hija y ahora nuestra nieta.

Doña María.- Te quiero a mi lado, Carlos. Quiero tocarte, sentir tus manos.

Don Carlos.- Cuando el reloj decida decirnos la verdad vamos a volver a tocarnos, mi amor. Pero aún falta.

(Se apaga la luz que ilumina a Don Carlos. Doña María mira al público y sonríe con una sonrisa picarona. Se apaga la luz del escenario. Cuando vuelve a encenderse, Doña María duerme recostada en el sillón como la última vez que se la vio en el mismo sitio. De a poco se va iluminando la parte de la mesa. Jimena apaga la radio y ordena y guarda sus recortes. Mira a la abuela y al comprobar que duerme, finge un desmayo sobreactuado. Se pone en pie, se acomoda el vestido y se acerca al sillón)

Jimena.- Abuela, se quedó dormida.

Doña María.- ¿Qué hora es, niña?

Jimena.- Las cinco y veinte. Pero ese reloj miente.

Doña María.- Bueno déjame dormir un poquito más

Jimena.- ¿cuánto más?

Doña María.- Hasta que el reloj decida decirnos la verdad.

(Se ríen las dos. Jimena se pone en pie y sale de escena. Doña María se acomoda en el sillón. Jimena vuelve con una manta. Tapa a su abuela, le da un beso y vuelve a salir. La luz se va yendo poco a poco hasta que solo queda iluminado el reloj. Comienzan a moverse las agujas de a poco a medida que se va cerrando el telón final)

21 de septiembre de 2011- 03 de febrero de 2012